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Por eso escribo

Publicado en El Periódico de Catalunya, 1992-VII-1

        Por la radio me enteré hace unos días de que en Cádiz unos jóvenes habían rociado de gasolina un viejo local abandonado en el que se refugiaban a dormir varios mendigos, y habían provocado un incendio que causó a algunos, quemaduras graves. Este fin de semana en Málaga me explicaron que allí se había producido un caso semejante con un anciano que dormía en la calle. Y el lunes se me ha atragantó la comida con las lágrimas de los representantes municipales de Fraga en la pantalla del televisor, al dimitir por la falta de apoyo de las autoridades superiores para evitar las agresiones de algunos vecinos a un grupo de emigrantes norteafricanos.

        Estas y otras noticias casi me hacen exclamar con Quevedo que "no hallo cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte". Y a punto estoy de hundirme en el más lóbrego pesimismo; que hace años que denuncio que inoculamos el racismo a las jóvenes generaciones a través de los textos escolares, y esos textos siguen vigentes.  Sin embargo, en las voces que transmiten esas noticias, en la decisión de los ediles de Fraga y en muchas otras actitudes que denuncian o rechazan el racismo o que tejen de mil formas las redes del entendimiento humano, advierto que hay algo que compensa tanta crueldad, un antídoto de al menos semejantes dimensiones y potencia aunque no aparezca entre las informaciones. Me faltan palabras para nombrarlo. Pero por eso escribo. Para avivárnoslo.

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