Conocer la propia lengua

Publicado en Destino, nº 1952, marzo de 1975

La reivindicación del "català a l'escola" es una de las que más eco están teniendo últimamente. Si la postura de oídos sordos resulta incómoda para quienes reclaman algo que creen que en derecho les pertenece, las respuestas que pretenden ocultar negativas en excusas deleznables puede producir indignación. Por eso en Cataluña, uno de los aspectos que menos ha gustado del debate del ministro de Educación y Ciencia en las Cortes es el que se refiere a la utilización de las distintas lenguas en la enseñanza.

Uno de los argumentos que suelen utilizarse para oponerse a la enseñanza en las lenguas vernáculas es la discriminación que se plantea respecto a los españoles que proceden de otras regiones. Está claro, en primer lugar, que los más discriminados son los nativos y, además, que la situación actual sólo ayuda a que se hable y conozca mal no sólo el catalán, el vasco y el gallego, sino también el castellano. En el tondo, todo ello pone en evidencia una falta de preocupación por la cultura real, sea cual sea.

Creo que como ejemplo de los frutos de esta «discriminación» puede servir mi experiencia personal. Hija de padre aragonés y madre catalana, nací en la provincia de Teruel, aprendí a balbucear y a decir cuatro cosas en el andaluz de Jaén, a hablar en el aragonés de las Cinco Villas; descubrí el catalán en las conversaciones que mis padres no querían que entendieran los hijos y las vivencias de la adolescencia y los estudios de bachillerato los resolví entre «mi castellano» y el catalán de Tortosa; mi formación universitaria transcurrió entre Zaragoza y Valencia y finalmente me hice periodista y he trabajado en Barcelona. Total, un «castellano» que es una delicia y un «catalán» que expreso a mi estilo y comprendo en gran parte.

Más allá de la anécdota personal -experiencia más o menos compartida por muchos de los actuales habitantes de Cataluña- lo que está claro es que la actual situación de las distintas lenguas en el Estado español no favorece culturalmente a ninguna, aun que con evidente trato de inferioridad para el catalán, el vasco y el gallego.

El tema ya fue polémico cuando se discutió la Ley General de Educación y el tiempo ha demostrado que no quedó zanjado, como ha dicho el ministro. Recordemos los recientes y lamentables sucesos ocurridos en Cornellá ante la postura de un inspector de Enseñanza que se quiso oponer a las demandas de padres, alumnos y maestros.

La Ley de Educación adoptó una fórmula vaga pero clara (al estilo de las que suelen utilizar últimamente con ciertos temas espinosos) al hablar de «el estudio de la lengua nacional, el aprendizaje y cultivo..., en su caso, y el cultivo, en su caso, de la lengua nativa». Es decir, que una cosa es la lengua nacional y otra la nativa; y que existen tres niveles: estudio, aprendizaje y cultivo..., en su caso, con lo que la lengua materna queda claramente en el último peldaño.

La postura de algunos procuradores pidiendo aclaración sobre el tema de las distintas lenguas responde a la in satisfacción general ante el espíritu, la letra y la aplicación de la Ley de Educación. El ministro, para clarificar -aunque partió de la base de que todo quedaba zanjado en la Ley- distinguió entre «enseñanza DE la lengua» y «enseñanza EN la lengua», subrayan do «la unidad lingüística de base, común a toda la nación». Y aquí es donde se plantea la cuestión, en la existencia de esa unidad lingüística. Porque si se acepta que existen, en algunas comunidades del Estado español, lenguas nativas propias, es decir, lenguas que se aprenden en la familia y se desarrollan en el contexto social, entonces esa unidad lingüística» no es tan de base, sino que viene impuesta, Y, por tanto, al niño, al estudiante, cuando acuda a la escuela, se le impondrá un nuevo lenguaje que no es el suyo y tendrá que ir asimilando todas las enseñanzas en una lengua que le será extraña... de momento, hasta que la haya «aceptado» en detrimento, como es lógico, de su propia lengua, la de su familia y la de la comunidad en la que vive. De acuerdo con los esquemas oficiales, este alumno tendrá que esforzarse en aprender y estudiar la lengua nacional EN esa lengua, se le exigirá como asignatura obligatoria el conocimiento de un idioma extranjero (inglés, francés, etc.) y si tiene suerte, recibirá algunas lecciones sobre su propia lengua.

El argumento del señor Martínez Esteruelas de que «no puedo negarle a ningún profesor su título por no estudiar una lengua materna» no hace más que sacar las cosas de su cauce normal olvidando que el castellano es también una lengua materna que evidentemente sí se exige, mientras se niega a los futuros profesores gallegos, catalanes, vascos... la posibilidad de formarse de acuerdo con la cultura propia de su comunidad.

En fin, las voces que se han alzado en defensa de la lengua catalana -y ya antes de la LEY y de las últimas declaraciones del Ministro- en la Enseñanza son muchas, cada día más. El recientemente publicado plan de estudios de BUP, ratifica la problemática existente. La enseñanza o no DEL y EN catalán, plantea incluso problemas pedagógicos elementales. Las recientes declaraciones del Colegio de Doctores y Licenciados, de la Asamblea de profesores y alumnos celebrada la semana pasada en Bellaterra, de Rosa Sensat, el manifiesto de los científicos..., demuestran que el problema no está zanjado y además que es urgente resolverlo.

Por ello, distinguir entre enseñanza DE o EN una lengua, en las circunstancias actuales, supone mantener la imposición del idioma oficial y entorpecer el desarrollo de las diversas culturas... pero con estilo aperturista.