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Límites mentales en la universidad

Publicado en El Periódico de Catalunya, 1993-XII-22

        El rigor de la vida universitaria dificulta pararse a pensar. El objetivo ya no es comprender nada, ni profundizar: la única meta es situarse. Como sea. Por tanto, no es fácil ejercer la autocrítica. De hecho, raramente se hace.

        Buena oportunidad, la que me ofrece el artículo publicado recientemente en estas páginas por Manuel Delgado, profesor de Antropología de la Universidad de Barcelona, sobre "Los límites mentales de la prensa", para ampliar la reflexión y examinar, también, los límites mentales de la Universidad. Porque, aún considerando su crítica básicamente acertada y admitiendo sus buenas intenciones, rezuma esa actitud propia de quien es capaz de advertir la paja en el ojo ajeno pero no ve la viga en el propio. Y no es justo, ni saludable, cuestionar la actividad de unos profesionales, y dar por válida la de otros, responsables en buena medida del diagnóstico, la evaluación y las soluciones que adoptan las instituciones políticas, económicas y sociales para marcar las pautas de la vida colectiva.

        Sin embargo, ¿cuántas veces se dice - tal como se dice de los periodistas y anota Delgado - que los economistas, los médicos, los historiadores, los sociólogos, los psicólogos, los antropólogos... "no entienden nada"?. A pesar de que, si su capacidad de conocimiento y comprensión de la realidad social fuera la que se les supone, ¿no tendrían que proporcionar remedios más eficaces a los problemas que vivimos, personal y colectivamente...?. Y ¿quién controla la validez de sus observaciones, la corrección de sus análisis, la adecuación de sus conclusiones a la realidad social?. Fundamentalmente, los propios colectivos profesionales que, por cierto, menosprecian cualquier advertencia de quien que no está integrado en tales colectivos, no importa que sufra sus consecuencias. Por tanto, la crítica y el control que la sociedad ejerce sobre la actividad de estos profesionales universitarios no es equiparable a la que ejerce sobre los periodistas.

        Pero, además, el profesorado universitario es uno de los colectivos con menor capacidad de autocrítica. Y acaso sea esta incapacidad para la autocrítica el principal límite mental de la Universidad. ¿De qué depende?. Manuel Delgado dice que "a un periodista no se le puede pedir que sea profundo. No tiene tiempo". ¿No le pasa otro tanto al profesor universitario?

        Ciertamente, el rigor de la vida académica dificulta... pararse a pensar. La Ley de Reforma Universitaria, al acelerar los ritmos para salir de la miseria y la interinidad de los PNN (situación del profesorado no numerario que no ha desaparecido, sino que se ha trasladado a los asociados), agravó este déficit de tiempo. Hay que asistir a congresos, organizar simposiums, invitar para que te inviten y poder publicar y para ello pedir subvenciones aquí y allá con las que financiar viajes, hoteles, comidas y algún extra cuanto más extra mejor para que fructifiquen los contactos y, as¡, inflar ese currículum vital que se mide por el número de publicaciones a poder ser en inglés y la cantidad de reuniones cuantas más y más lejos mejor, gracias a lo cual se consiguen esos apoyos financieros para invitar y que otro día te inviten... ¿Que cuándo se estudia? ¿Que cuándo se examinan los problemas con calma, atentamente, con detenimiento...? ¿Qué? ¿Que cuándo se vive esa otra realidad que existe más allá de los círculos académicos y sobre la que, en definitiva, se investiga? Bueno, lo que importa es acumular currículum y situarse. Y, para ello, hay que ser, ante todo, dócil: hablar de lo que se está hablando en los cenáculos universitarios a poder ser anglosajones, investigar en alguna parcela ya delimitada, en alguna línea ya ensayada, sin salirse de los planteamientos del grupo...

        Esta lección la aprenden pronto los y las estudiantes que quieren hacer carrera, acceder a una beca, convertirse un día en profesores universitarios. Hay que hacer la Tesis Doctoral dentro de esos límites mentales. Pensar por cuenta propia supone arriesgarse a salirse de esas fronteras que marca la especialidad, la escuela... el grupo. De eso depende pasar las oposiciones y... "ya se sabe cómo funciona esto". Ante cualquier duda epistemológica, teórica o metodológica, ¡este es el argumento definitivo!. Manuel Delgado dice que los periodistas no tienen tiempo de "cuestionarse las premisas en que se funda su visión de las cosas". Otro tanto sucede en la Universidad, aunque esto no suele debatirse públicamente, tampoco internamente. De ahí que, como en la prensa, se repitan tópicos, inexactitudes y trivialidades.

        Los nuevos planes de estudio consolidan esta situación. Cada cuatro meses hay que asimilar unas cuantas asignaturas para pasar rápidamente a otras. La masificación agrava el panorama. Pero, ante todo, no hay tiempo para leer, para pensar, para debatir, para enterarse de nada más que de lo imprescindible para contestar a las preguntas que... en muchos casos corrige el ordenador. Y así, chicas y chicos bien dotados de sensibilidad para percibir los problemas y capacidad mental para estudiarlos, acaban convirtiéndose en universitarios sumisos, dispuestos a repetir... lo que las y los profesores repetimos sin rechistar.

        No hay lugar, pues, para la autocrítica, porque el objetivo de la Universidad ya no es comprender nada, ni profundizar: la única meta es situarse. Como sea.

FE DE ERRORES

        En el artículo de Amparo Moreno Sardà, publicado en la página 7 de la edición de ayer con el título "Límites mentales en la universidad", faltaba un párrafo amplio. La autora hablaba en él de que la dinámica de buscar subvenciones limita el tiempo que puede dedicarse al estudio y la investigación, de la tendencia a seguir las líneas marcadas en los centros anglosajones y de la asimilación de estas pautas por quienes aspiran a ser profesores.

 

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