Los intereses creados del feminismo

Publicado en El Periódico de Catalunya, 1994-II-8

        Justificar que una mujer corte el pene a un hombre porque éste la haya maltratado y violado está en consonancia con un feminismo victimista que se ha alimentado desde las instituciones públicas estos años.

        ¿Puede justificarse que una mujer corte el pene a un hombre porque éste la haya maltratado y violado?. Yo creo que no. En cada caso concreto, los jueces pueden tener en cuenta todos los atenuantes que consideren oportunos. Pero aplaudir la reacción de Lorena Bobbit, como lo han hecho en los últimos días muchas mujeres y algunos hombres, y elevarla a la categoría de gesto simbólico ejemplar, es dar por válida la ley del talión que, afortunadamente, ni inspira nuestra jurisprudencia ni sería deseable que lo hiciera. ¿Por qué, pues, este jolgorio tan insensato?

        El slogan "contra violación, castración" no es de ahora. A finales de los setenta podía leerse por las calles de Barcelona pintado en violeta en alguna pared: era el eco del SCUM, el Manifiesto para la castración de los hombres, escrito por Valerie Solanas y que pudimos discutir gracias a la traducción pirata en castellano que difundió un grupo feminista: a partir de una simple inversión del sexismo machista imperante, propugnaba una utopía tecnocrática ("cuando el control genético sea posible - y lo será muy pronto - es evidente que no deberemos producir más que seres completos, sin defectos físicos ni deficiencias generales como la masculinidad"), sazonada de racismo, como puede notarse. En aquel tiempo, sólo algún grupo radical pronunciaba este slogan. Pero la mayoría, que engrosábamos el que definíamos como feminismo socialista, no compartíamos esta reducción del problema a una guerra de sexos, sino que propugnábamos un  feminismo lucha de clase, con la pretensión de relacionar los  conflictos sexistas y clasistas.

        ¿Por qué, casi veinte años después, esta amplia aceptación de la castración como réplica contra la violación, aunque sea como metáfora?

        ¿Acaso durante este tiempo se ha incrementado el machismo, o se ha vuelto tan virulento que no deja más salida? Al contrario. Las posibilidades de actuación de que disponemos hoy las mujeres son mayores que tiempo atrás, tanto porque se ha modificado la legislación como porque ha cambiado la mentalidad de mujeres y hombres. Es cierto que persisten discriminaciones y jerarquización entre los sexos, pero no afecta a todas las mujeres por igual, sino que depende de otras circunstancias sociales no menos injustas. También se ha incrementado la publicidad que se da a las agresiones contra las mujeres, su repudio colectivo, incluso el control jurídico de lo que antes se consideraba prerrogativa de cada varón. Esta mayor denuncia puede inducir a pensar que la situación ha empeorado y explicar, en parte, la aceptación de la decisión de Lorena Bobbit. Pero hay que tener en cuenta otros factores.  Porque, si bien es cierto que todos estos cambios se han conseguido en gran parte gracias al movimiento feminista, también lo es que las nuevas circunstancias han repercutido en aquellas corrientes que se perfilaron a mediados de los setenta.

        Así, de la misma manera que la implantación de la democracia afectó a las organizaciones políticas y sindicales en la medida en que se incorporaron a las instancias de poder, otro tanto le sucedió al feminismo que aceptó introducirse en la vida institucional.

        Por una parte, al igual que la izquierda, que decidió dejar de nombrar los problemas que no sabía resolver, también el feminismo socialista que optó por la vía institucional dejó de hablar de las clases sociales. Y esta reducción de la atención a "las mujeres", como si entre éstas no existieran intereses contrapuestos, facilitó no ya los grupos autónomos que habían propugnado las radicales, sino también la proliferación de nuevas "secciones femeninas" en los partidos, sindicatos e instituciones diversas: diríase que la posibilidad de disponer de alguna porción de los presupuestos públicos compensaba aceptar el "gheto", y facilitaba también acuerdos entre mujeres de opciones políticas teóricamente discrepantes.

        Ahora bien. A diferencia del pensamiento conservador puro y duro, que se legitima apelando a un pasado que se propone reinstaurar, todo pensamiento que se pretende progresista (¿y quién no, hoy?) necesita referirse a alguna situación injusta que promete redimir en el futuro. De ahí el recurso retórico al victimismo, tan manido entre nacionalistas, sindicalistas, feministas y otros progresistas que disimulan así intereses creados gracias a la participación en el reparto de los recursos públicos.

        La justificación del gesto de Lorena Bobbit está en consonancia con este victimismo simplista que se ha alimentado desde las instituciones públicas en los últimos años.

        Reducir el problema a una violencia masculina que dir¡ase genéticamente predeterminada, y considerar que las mujeres sólo somos víctimas de la situación, es aceptar los mismos argumentos biologistas esgrimidos por los defensores de la superioridad viril: conduce también a soluciones racistas de similar calibre, como la que hiciera Valerie Solanas. Pero si el conflicto entre machos y hembras no está inscrito en la memoria genética, habrá que indagar en la memoria asimilada en nuestras historias personales: en nuestras relaciones con la madre y el padre..., también en la responsabilidad que como adultas y adultos tenemos en la perpetuación o modificación de la situación.

        Este es el reto que éste y otros casos similares plantean a un feminismo que se proponga incidir en la vida colectiva y a unos proyectos políticos orientados a erradicar cualquier forma de violencia.