¿Hay que celebrar el 8 de marzo?

Publicado en El Periódico de Catalunya, 1994-III-8

        ¿Qué sentido tiene celebrar hoy, 8 de marzo de 1994, el Día Internacional de la Mujer?. Ante todo, ejercitar el recuerdo colectivo de algún acto que se considera ejemplar y al que se quiere dar continuidad. El que hoy rememoramos se difumina entre el mito y el registro histórico, tal como sucede con otras fechas señaladas.

        El mito habla de un puñado de trabajadoras que hace un siglo habrían perecido abrasadas en una fábrica de algodón de Nueva York que el patrono prefirió incendiar antes que acceder a sus peticiones. No importa que la investigación histórica no haya ratificado la autenticidad de este hecho. Pudo ser uno más entre otros cuyo recuerdo sirvió de punto de apoyo para que otras mujeres se organizaran para defender sus reivindicaciones. Esta tradición es lo que quisieron recordar Clara Zetkin y las mujeres de la II Internacional cuando instauraron el Día Internacional de la Mujer, que adquirió categoría emblemática en 1917, cuando las obreras de las fábricas textiles de Petrogrado que impulsaron las revueltas iniciaron la Revolución Soviética. Esta es la línea de actuación en la que quiso situarse el movimiento feminista desde finales de los años 60, cuando asumió celebrar este Día de la Mujer.

        Pero, más allá  de la exaltación del pasado, este recuerdo tiene sentido en la medida en que puede ayudarnos a clarificar el camino recorrido hasta el presente y los pasos a seguir para orientar el futuro.

        La razón de dedicar un día concreto a las mujeres no hay que atribuirla sólo a las feministas de principios de siglo. Si tomaron esta opción fue debido a la incomprensión y las resistencias que encontraron entre los hombres de las organizaciones políticas y sindicales que propugnaban transformaciones sociales y, sin embargo, eludían atender unas demandas que afectaban al menos a la mitad de la población.

        La persistencia en la actualidad de esta obcecación entre tantos hombres incita a concluir que sigue siendo necesario mantener espacios y tiempos específicos desde donde las mujeres podamos incidir. Pero también ha de hacernos reflexionar, tanto a las mujeres como a los hombres, sobre unos proyectos políticos cuyas deficiencias se han puesto de manifiesto en los países en los que se instauró el comunismo y en los que impera el capitalismo.

        La reclamación del derecho de voto, entonces fundamental, hoy carece de sentido. Las posibilidades que tenemos de participar en la vida política plantea nuevos problemas: las relaciones laborales, que entonces dependían exclusivamente de cada patrón, han sido reglamentadas por el Estado... que hoy las supedita a las exigencias de las corporaciones transnacionales; los salarios se han incrementado gracias a los servicios públicos mediante los cuales el Estado redistribuye los recursos colectivos; y todo ello ha generado una burocracia que es a la vez la principal beneficiaria y el lastre más pesado de la vida política actual.  Ante esta situación, no podemos limitarnos a exigir las mismas cuotas de poder que los hombres: urge clarificar para qué lo queremos, nosotras y ellos. A no ser que el único objetivo sea alcanzarlo, en cuyo caso sobran lamentos.

        Pero el cambio más decisivo y el que plantea problemas más difíciles, es el que ha afectado a las relaciones familiares y a la vida doméstica. La decisión de cada vez más mujeres de conseguir unos medios de subsistencia propios que les permitiera emanciparse de la jurisdicción del "pater familiae" ha transformado profundamente no sólo el papel de la madre sino también el del padre, que ya no detenta en exclusiva la patria potestad. Ahora bien, el hecho de que en las disputas matrimoniales tanto los padres como las madres utilicen este poder para negociar la distribución de unos bienes entre los que los hijos a menudo no son más que la moneda m s fuerte, indica que el reparto del poder doméstico, aunque beneficia a las mujeres adultas, no garantiza que mejore el conjunto de relaciones familiares. En la misma parcialidad puede incurrirse si se denuncia la violencia ejercida contra las mujeres y se elude abordar la que no sólo los hombres sino también las mujeres suelen ejercen sobre las criaturas, hoy al amparo de esa patria potestad compartida.

        En fin, la actividad extradoméstica de las mujeres ha exigido nuevas fórmulas para solventar unas tareas domésticas imprescindibles para la supervivencia cotidiana. Diversos negocios se han beneficiado al atender a estas necesidades. Y no basta con intentar repartirlas entre los distintos miembros de unas familias cada vez más ocupados en otros menesteres. El Estado benefactor ha acudido también a ayudar con diversos servicios. Pero ¿qué soluciones hay que impulsar en una situación como la actual, que afecta gravemente a los grupos sociales más depauperados?. La violencia con que reaccionan hoy muchas criaturas nos alerta de la gravedad de la situación.

        Conmemorar hoy el Día Internacional de la Mujer puede ser una buena ocasión para plantear estas y otras cuestiones desde un feminismo que no se limite a unas reivindicaciones que sólo beneficien a algunas mujeres.