Presentación

Éste es y no es un libro de Historia.

No lo es, si por Historia se entiende sólo lo que los historiadores suelen explicar y  hemos estudiado en las aulas.

Pero sí es un libro en el que se aborda esa noción más amplia de Historia que se refiere al pasado, al pasado colectivo y al pasado personal, a cuanto sucedió y pervive en nuestras vidas.

Inicié esta aventura que me condujo de una a otra concepción de la Historia a mediados de los años setenta, al tener que impartir la asignatura Historia del Periodismo Universal en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona. Me proponía entonces estudiar el proceso histórico de implantación de los medios de comunicación de masas. Pero estos artilugios, tan omnipresentes en nuestras vidas, apenas existen en los libros de Historia Contemporánea[1]. Y cuando intenté examinarlos ya no sólo en su dimensión política, económica y tecnológica, sino también tal como afectan a lo que sentimos, pensamos, hacemos y decimos, es decir, como reproductores simbólicos de la realidad y fabricantes de sueños; a medida que traté de entender su doble vertiente como instituciones públicas e incitadores de fantasmas personales, llegué a la conclusión de que tenía que re-visar esa Historia que había estudiado y a mi vez explicaba en las aulas. O sea: que tenía que re-visar mis propios hábitos de pensamiento.

En primer lugar, porque la Historia académica - incluida aquella que se proclamaba total por propugnar explicaciones globales de la vida social - adolece de adoptar un punto de vista particular, que le lleva a restringir su atención a algunos aspectos de nuestra existencia humana y a dejar fuera de su campo de visión otros; y, lo que es peor, confunde esa visión parcial con el todo, de modo que generaliza lo particular y además, ignora todo aquello que desborda su campo de visión.

Comparemos los personajes habituales en los libros de Historia que hemos estudiado con los que desfilan por la pantalla del televisor, las ondas de radio, las páginas de las di versas publicaciones, las vallas publicitarias, el cine... Los medios de comunicación de masas enfocan un repertorio mucho más numeroso y diverso que realiza distintas actuaciones en unos espacios sociales más variados, mientras que en las páginas de los libros de Historia y de las restantes Ciencias Sociales, aunque presuntamente se habla de los colectivos humanos, sólo se tiene en cuenta no ya a todos los hombres (como pretenden y aceptan ciertas feministas), sino tan sólo a los varones adultos que actúan en las cúspides de las instituciones sociales.

Pero no es éste el único problema que plantea el estudio de la Cultura de Masas cuando lo abordamos desde las Ciencias Sociales. Porque la atención preferente por determinados personajes y actuaciones en determinadas circunstancias tiene que ver con el sistema de valores con que se examina y juzga la existencia humana y, así, con lo que se valora como significativo y con lo que se menosprecia como in-significante y hasta se excluye mencionar. Y estas pautas difieren también de las que rigen la cultura de masas: mientras las explicaciones lógico-científicas se ordenan de acuerdo con la racionalidad, los productos más genuinos de la cultura de masas - esto es, los más masivos, los que alcanzan mayor audiencia - apelan preferentemente a lo sentimental. Y es acaso esta diferencia lo que alimenta esa mirada académica despectiva hacia los medios de comunicación de masas, más despectiva cuanto más se acercan a lo sensacional.

Así, tanto por el enfoque como por el tratamiento que se hace de lo que se enfoca, los medios de comunicación de masas están más cerca que la Historia académica de lo que es la enorme variedad de la existencia humana con todas sus contradicciones. Y el estudio histórico de la cultura de masas exige ampliar el enfoque académico, hasta poder abordar - sin menosprecio - esa relación entre razón y sentimientos que nos desazona personal y colectivamente. En cualquier caso, no se trata más que de versiones que seleccionan sólo alguno o algunos aspectos de lo que vivimos y eluden considerar otros: la vida siempre supera cualquier explicación.

Estas fueron las razones teóricas que me condujeron a desentrañar el orden del discurso académico y el orden del discurso de la cultura de masas, siguiendo las sugerencias de Foucault[2].

Pero las razones teóricas siempre responden a obsesiones vitales, por mucho que las disfracemos de objetividad y hagamos como si no nos afectaran. Y en mi caso, no podía soportar la idea de disociar el estudio de la comunicación de masas de la comprensión de los conflictos comunicativos inter e intra-personales que hoy vivimos, o sea, de mis propios problemas: me acuciaba conocer la relación entre lo que decimos y lo que hacemos, entre teorías y prácticas, política y ética...

Así fue como las cuestiones propias de una asignatura se convirtieron en pre-texto para llevar hasta sus últimas consecuencias - mejor, hasta las primeras y más próximas - el postulado de que la Historia ha de servir para entender el mundo en que vivimos y poder transformarlo, lección fundamental que aprendí de mis profesores de la Universidad de Valencia, en especial de Joan Reglá y de Emili Giralt[3]. Y frente a la norma académica que exige delimitar el objeto de estudio, me dejé llevar por los diversos matices de mi olfato para husmear los rastros que enlazan lo que vivimos con las diversas versiones sobre la existencia humana. Mi reflexión racional se fue abriendo, pues, hasta lo que sentimos y hasta aterrizar en lo que vivimos a ras de piel.

Esta perspectiva me permitió descubrir con qué piezas se construye el puzzle del pensamiento lógico-científico - y nos hemos habituado a pensar racionalmente -, así como qué piezas excluye tener en cuenta - y nos hemos habituado a olvidar -, aunque sean decisivas para entender lo que vivimos y cómo lo vivimos. Y este ejercicio de crítica-autocrítica me proporcionó las pistas para poder formular explicaciones en las que podía al fin re-conocer lo que vivimos.

En trabajos anteriores he desentrañado las falacias del discurso lógico-científico tal como se plasma en textos de Ciencias Sociales de bachillerato y universitarios[4]. He mostrado que el propósito de esta forma de explicar la existencia humana no es el conocimiento, sino una forma particular de conocer cuyo objetivo es dominar el mundo y justificar ese dominio: por eso no puede proporcionarnos esas claves imprescindibles para mejorar el mundo en que vivimos y hacerlo más humano. He explicado, también, cómo se encubre este propósito: cómo bajo la linealidad de la escritura racional subyace un juego de afirmaciones que niegan y negaciones formuladas para poder afirmar, un sustrato mítico que traduce la aspiración humana al entendimiento armónico en fórmulas simbólicas que proclaman la voluntad anti-humana de unos seres humanos de dominar a otros. Todo esto lo he expuesto ya de acuerdo con las exigencias del rigor académico.

Pero esta forma de explicarlo me ha obligado a relegar a los márgenes no escritos lo más vital de cualquier aventura reflexiva, los temores y satisfacciones que suscita, así como las consecuencias que el pensamiento tiene y puede tener en lo que hacemos y viceversa.

De ahí el tono subjetivo y confidencial que adopto en estas páginas, con las que quiero reivindicar, ante todo, el derecho a satisfacer la necesidad de que lo que estudiamos nos ayude a entender nuestras más profundas inquietudes personales.

Ciertamente, la actitud reverencial hacia una ciencia tan vasta y compleja como las formas actuales de dominio nos hace creer que es imposible poner en práctica este derecho, y nos disuade incluso de intentar buscar cualquier relación entre lo que investigamos científicamente y nuestras vivencias. Y la dificultad de adentramos en las innumerables ramas del saber científico y en los laberintos lingüísticos de las distintas escuelas que dominan estas ramas refuerza esta renuncia.

Sin embargo, frente a estos postulados cabe pensar que si cada ser humano vivimos globalmente, si somos capaces de resolver los diversos problemas de la existencia desde nuestro pequeño gran yo global, debe ser porque disponemos de alguna forma de conocimiento también global.

Este es el conocimiento vivencial - el pensar a ras de piel - que reivindico como punto de partida y meta a alcanzar para discurrir por entre las diversas versiones de nuestra existencia humana. Aunque quien dude de la viabilidad y fiabilidad de esta tarea también encontrará aquí argumentos razonables que, a partir de la Teoría de la Información, permiten pensar la existencia humana desde la noción unitaria de comunicación[5].

Mas para no embarrancar en los fantasmas que atenazan nuestros razonamientos y sentimientos es preciso pensar históricamente: pensar nuestro presente personal y colectivo como producto del pasado, fruto de las opciones adoptadas por las generaciones que nos precedieron y que han marcado las que hemos adoptado cada cual en nuestro pasado personal.

Por ello, frente a tantas voces que entonan el final de la historia, reivindico la historia. No esa versión académica que sin duda está bien agotada, incluida la adaptación que hacen algunas feministas añadiéndole mujeres sin más. Proclamo que hay que re-pensar el pasado para comprender el presente, porque lo que llamamos pasado no está aquí y ahora ausente, sino que subyace a cuanto hacemos y decimos personal y colectivamente: en los escenarios en los que nos movemos, los personajes y los guiones que representamos.

El presente tal como lo vivimos, con todas sus contra dicciones, es, pues, el punto de partida de esta reflexión sobre nuestro pasado. Y pensar la historia es, ante todo, pensar nuestra forma de vida como resultado de opciones realizadas por quienes nos precedieron y re-producidas o no de alguna forma por cada criatura de las sucesivas generaciones.

He organizado el libro en tres partes. En la primera parte he condensado la crítica al pensamiento lógico-científico tomando como eje algo que para mí fue decisivo y que, sin embargo, apenas he tenido ocasión de desarrollar: la noción de adultez. Porque al asumir, en nuestras historias personales, los patrones del comportamiento adulto como si fueran naturales, relegamos al in-consciente las desazones que nos provoca una organización jerarquizada y posesiva de las relaciones comunicativas, fraguada en el pasado de nuestro colectivo, y encubrimos la clave de las restantes divisiones sociales. De ahí quizás las resistencias - adultas - a re-conocer esta dogmática fundamental y fundamentadora de nuestra organización social. Por el contrario, abordar las consecuencias que de ella se derivan permite ensamblar problemas que hasta ahora se nos presentaban disociados: el principal, la relación entre lo que vivimos, lo que sentimos y lo que razonamos.

Tras la crítica, en la segunda parte expongo las coordenadas que pueden permitir comprender la génesis histórica del sistema de normas que regulan hoy nuestras relaciones comunicativas, con las contra-dicciones y conflictos que nos provocan. Este planteamiento permite esbozar, en la tercera parte, una explicación de las transformaciones sociales del mundo contemporáneo, a partir de examinarlas tal como han afectado a las condiciones de la vida doméstica y han entretejido esa trama de la aldea transnacional a la que nos asomamos desde el televisor.

Hay muchas personas que han aportado algo a estas re flexiones. A algunas ya las he mencionado en otras ocasiones. Quiero manifestar ahora especialmente mi gratitud a Julián, Núria y Jofre, una vez más; a Casilda Rodrigáñez y otras personas de la Asociación Antipatriarcal por recordar el problema de la adultez; a Mireia Bofill y Ana Monjo, que se arriesgaron a publicar mis obras anteriores, y a Isabel Alonso y Mila Belinchon, por su amistad y por haberme conectado con otras y otros profesores de enseñanzas primaria y media con quienes he podido compartir inquietudes y búsquedas; a Carmen Palomo y a quienes disfrutamos con ella de unas clases de yoga que nos ayudan a mantenernos enraizadas en la tierra; a Maria José Fábregat, por hacerse cargo de mis necesidades domésticas; y a otras muchas amigas y amigos a quienes recuerdo con gratitud aunque no los mencione en letra impresa.

Gracias a que mis compañeros y compañeras del Departamento de Periodismo y del Rectorado de la Universidad Autónoma de Barcelona me facilitaron disfrutar de un largo descanso, y gracias también a que Albert Hernández se hizo cargo de mis clases durante este tiempo, pude recuperar el sosiego que necesitaba y disponer de tiempo para escribir estas páginas.

La vida me regaló además la posibilidad de hacerlo entre el paisaje y las gentes de Tortosa que arrullaron mi adolescencia.

Tortosa, diciembre de 1990


 


[1] Tal como dice Jesús Timoteo Álvarez en Historia y modelos de la comunicación en el siglo XX. El nuevo orden informativo, Barcelona, Ariel 1987, p. 8., «la historiografía contemporánea encierra una fundamental carencia, pues ha interpretado y diseccionado la sociedad, sobre todo la con temporánea, a partir de múltiples variables o vías de penetración (...), pero se ha olvidado de una tal vez decisiva, obre todo para el siglo XX: la información. Es realmente difícil comprender cómo ha podido explicarse la primera guerra mundial, la ascensión y el triunfo del nazismo, los éxitos y fracasos del bolchevismo, la guerra fría, etc., sin la más mínima referencia a la información ni a los medios ni a la propaganda». Este diagnóstico puede confirmarse en cualquier obra de historia contemporánea.

[2] Foucault, M. (1980), El orden del discurso, Barcelona, Tusquets.

[3] Precisamente fui alumna del profesor Joan Reglà los cursos 1967-1969, cuando preparaba su libro Comprendre el món. Y en el profesor Emili Giralt encontré el apoyo imprescindible para llevar a cabo una tesis doctoral que otras mentes científicas consideraban impresentable, por no delimitar el objeto de estudio y no ajustarse a las reglas de las especialidades.

[4] La crítica al orden androcéntrico del saber lógico científico, tal como se manifiesta en textos utilizados en Bachillerato y en la Universidad, la he expuesto en Moreno Sardà, A., El Arquetipo Viril protagonista de la historia. Ejercicios de lectura no-androcéntrica, Barcelona, LaSal, 1986; y La otra «Política» de Aristóteles. Cultura de masas y divulgación del Arquetipo Viril, Barcelona, Icaria, 1988.

[5] En 2007, al realizar la revisión de esta primera edición, esta propuesta resulta especialmente viable. Internet no sólo permite sino que también nos exige a quienes somos profesionales de las explicaciones del pasado, presente y la actualidad, adoptar otros enfoques para construir explicaciones a ras de piel y a ras de tierra, desde la proximidad de cada localidad y en el marco de la sociedad global. Desde esta perspectiva crítica con el pensamiento androcéntrico elaboramos en 1998 la web Paseos por las redes de comunicación desde... (http://masters.oaid.uab.es/passeig), que actualmente estamos renovando para incorporar los recursos que permiten hoy la participación personal en la construcción del conocimiento colectivo.