Primera Parte: atónita ante el mundo adulto

Las cosas no por no decirlas
dejan de existir,
y todo lo que existe se adivina.

Benjamin Constant, Adolphe

De mi primera infancia conservo vivas unas imágenes de un carnaval en un pueblo de Jaén, que siempre he asociado con el mundo adulto: un grupo de gente disfrazada invadía nuestra casa chirriando, «¡que no!, ¡que no!, ¡que no me conoces!», y mi madre, asustada también, intentaba acallar mi pánico diciéndome que no llorara, que eran sus amistades disfrazadas.

Con el paso del tiempo he revivido con frecuencia aquella criatura atónita ante el mundo adulto; y a medida que me he incorporado a su danza de máscaras, he necesitado traducir mis temores en preguntas y respuestas que me ayudaran a comprender el lugar que me ha correspondido en el escenario, sus reglas de juego, los papeles que me ha tocado representar, y sobre todo la angustia ante la distancia entre mis más hondas aspiraciones y las actuaciones adecuadas a ese teatro. Hoy necesito además compartir los resultados de estas pesquisas para no creerlas simple desvarío.

Porque el día en que rechacé la jerarquía familiar, con aquel primer acto de mujer emancipada me arrojé al abismo adulto con más ímpetu del que sospechaba. Pero entonces no lo pensé. Recuerdo mis primeros pasos por Barcelona, tierra prometida, mis primeros paseos por sus calles chocando con gentes que se movían más deprisa, más serias, más rígidas que yo... hasta que me adapté. Todavía siento las desazones ante unas normas a las que debía ajustarme aunque me parecían desmesuradas por su mezquindad, las trabas siendo periodista por ser mujer, ese trabajo no es para una mujer, este horario, estos temas no son apropiados para una mujer, una mujer embarazada no queda bien en una rueda de prensa...

Había que luchar por transformar este mundo. Transformarlo políticamente. Transformar también las especialmente difíciles condiciones que imponía a las mujeres. Ahora pienso que seguramente me convenció el marxismo porque lo vi como una réplica a aquel mundo adulto dictatorial y creí que podía servir para modificar esta sociedad nuestra tan injusta. Y que mi opción feminista era una forma de rechazar además las expectativas de mujer adulta que me habían inculcado, aquella feminidad tan servil. Pero en aquel tiempo había que multiplicarse. Participar en las luchas políticas. Participar en las luchas feministas. Actuar, hablar y escribir también para que los compañeros de las luchas políticas asumieran las reivindicaciones feministas... Y sin fallar: que nadie me pudiera recriminar actitudes infantiles, demasiado femeninas o excesivamente feministas... o - lo peor - pueblerinas.

Al ritmo de tanta congoja enmascarada de chica liberada aprendí a disociar vida privada y vida pública, a traducir mis pensamientos de acuerdo con las normas políticas y científicas, a ahogar mis sentimientos en argumentos racionales para ser capaz de actuar en público... como si las vivencias de mi maternidad no existieran. Aunque de regreso a casa mi hija me evocaba aquella criatura atónita ante el mundo adulto.

Hasta que, en pleno espectáculo de nuestra gloriosa transición política, asfixiada por tener que acallar lo que pensaba, no pude eludir interrogarme cómo de aquellas inquietudes infantiles y de tan buenos propósitos adolescentes habíamos surgido aquel repertorio de personajes... tan adultos. Recuerdo el día que me di cuenta de que no podía seguir escribiendo en la prensa. Era 1978. Los primeros diputados elegidos democráticamente debatían en las Cortes el texto de la Constitución. Habían pactado la Monarquía. Pero el representante de Esquerra Republicana de Catalunya, Heribert Barrera, no quiso renunciar a hacer una intervención que sabía testimonial a favor de la República. Algunos compañeros le abuchearon y el presidente le interrumpió. Elaboré mi artículo lamentando este atentado contra la libertad de expresión. Pero ya no se publicó: podía poner en peligro la frágil democracia, me advirtieron. Y me sentí incapaz de compartir aquella autocensura.

Empecé a notar que el recambio político se nutría de un recambio generacional en el que compañeros y compañeras de fatigas juveniles competíamos por escalar los escalafones del escenario público, y para ello repetíamos los mismos gestos y palabras que antes habíamos rechazado, con el mismo rigor que habían esgrimido nuestros mayores.

Me observaba a mí misma: aunque no era este el propósito que me confesaba, mi cuerpo reproducía esa danza que hemos visto realizar mil veces a nuestros profesores, de la puerta del aula a la tarima, la mesa, la pizarra..., parecidos argumentos, gestos idénticos para marca distancias; mi cuerpo repetía también aquel tono de voz y aquellas reacciones propias de la autoridad materna y paterna. Y a medida que me comportaba de acuerdo con esas reglas que al mismo tiempo me resultaban tan ajenas, me tornaba más seria, más rígida, más dura, más fría..., y me alejaba cala vez más de mis mejores intenciones.

No lograba entender por qué, quienes hasta entonces nos considerábamos de izquierdas por compartir una voluntad de eliminar las injusticias sociales, encantados ante las nuevas oportunidades que ofrecía el sistema democrático, repetíamos por doquier los pánicos adultos que habíamos repudiado y los enmascarábamos de razones políticas y científicas; por qué las mujeres que participábamos en el movimiento feminista con la intención de acabar con la jerarquía patriarcal, reproducíamos con tanta frecuencia las actitudes, las querellas y los argumentos más lamentables de nuestros compañeros varones, como si rechazar el modelo femenino vigente condujera fatalmente a la virilidad. Algo fallaba en aquella explicación marxista de la Historia que había encauzado nuestra rebeldía y que hasta entonces yo creía que me ayudaba a entender el mundo en que vivía.