Tercera Parte: otra versión de la Historia Contemporánea

Si alguna conclusión se puede sacar de esta
historia familiar es el hecho indiscutible de
que la más preciada cualidad del ser humano
es su infinita capacidad para adaptarse
absolutamente a todo, y que por lo tanto,
mirando hacia el futuro, nada está escrito
y todo es posible.

De la historia familiar de una alumna de tercer
curso de la Facultad de Ciencias de la
Comunicación de la Universidad Autónoma de
Barcelona (1987)

 

Se ha hablado en los últimos tiempos del final de la historia, y seguramente nos hallamos ante el agotamiento de esa forma de explicar el pasado que alimenta el discurso lógico-científico sobre el presente y lo encierra en sus propias falacias como en un callejón sin salida. En las páginas anteriores las he analizado. Y también he apuntado otras pistas que pueden proporcionarnos otra visión del presente y pueden ayudarnos a re-conocer el mundo en que vivimos y re-conocernos en él. Porque quizás sabiendo en qué consisten los papeles que nos ha tocado representar podamos perder el miedo a perder el papel que nos hace reaccionar reforzándolo, y hasta seamos capaces ya de jugar a crear personajes más humanos.

De estas consideraciones surge la tarea que propongo realizar a mis alumnas y alumnos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona en los últimos años: examinar las transformaciones históricas contemporáneas desde la manera en que se han experimentado en las historias familiares, articular historias personales e historia colectiva para entender los itinerarios vitales que conducen al lugar que nos ha correspondido en el escenario[1].

Algunas conclusiones de este trabajo proporcionan indicios que nos ayudan a ubicar nuestras opciones y expectativas vitales en relación con nuestras historias familiares en el contexto del mundo contemporáneo.

Del conjunto de historias familiares de las y los estudiantes que han participado, se puede extraer un primer dato significativo. Sólo dos de cada diez abuelas y abuelos nacieron en un medio urbano, por tanto, la mayoría nació en condiciones de vida rurales y allí fraguó sus sentimientos primarios. Menos de una tercera parte de los miembros de esa generación, ante las difíciles condiciones de vida, decidió buscar mejores posibilidades en las ciudades y facilitó que el resto pudiera permanecer en sus lugares de nacimiento o localidades similares. Pero estas zonas rurales ofrecían unas condiciones de vida tan precarias que impulsaron a más de un tercio de sus hijas e hijos a abandonar también sus tierras de origen y trasladarse a las ciudades. De modo que, como consecuencia de las opciones de estas dos generaciones, sólo 1,5 de cada 10 estudiantes han nacido en medios rurales, y casi en su totalidad en centros sanitarios, fuera de sus domicilios.

Este dato concreto sobre el origen y movilidad de los miembros de estas tres generaciones cuya existencia se ha desarrollado a lo largo del siglo XX nos conduce a profundizar en las condiciones de vida en que nacieron, nacen o nacerán las criaturas de cada generación, en las opciones adoptadas y en consecuencia en los itinerarios vitales seguidos en el transcurso de la infancia a la adultez, en las formas de situarse ante la vida colectiva en su edad adulta y, así, en las actuaciones públicas colectivas protagonizadas, una parte de las cuales son las que suelen recoger los libros de historia; en fin, en las condiciones de vida que, a su vez, proporcionaron, proporcionan o proporcionarán a las criaturas que les sucedan, y en las condiciones de que disponen o dispondrán al llegar a la senectud.

Ciertamente, los datos sobre las condiciones geográficas de nacimiento guardan relación en buena parte con los que se refieren a las mejores o peores posibilidades de subsistencia. Y estas posibilidades dependen, en primer lugar, de la posesión o no de bienes, de la relación patrimonial con el entorno o no. De las abuelas y abuelos de la gente que realizó estas historias familiares, una tercera parte carecían de bienes: pertenecían, pues, al grupo de gentes desposeídas; otro tercio contaba con algunos bienes aunque muy escasos, la mayoría de las veces insuficientes para su sustento; y sólo el tercio restante poseían bienes de tipo medio y hasta de grandes dimensiones. Estas condiciones de vida aparecen en la base de las de cisiones que marcan los itinerarios vitales y, concretamente, las migraciones.

Y así, la mayoría de ese 20 % de abuelas y abuelos nacidos en un medio urbano lo hacen en familias que disponían de bienes patrimoniales, si bien los distintos niveles de partida condicionaron los distintos itinerarios vitales: grandes patrimonios de carácter tradicional que siguieron un proceso de desmembración y reducción; otros, también relacionados con formas tradicionales de vida pero de menores dimensiones y que, gracias a que quienes los poseían se adecuaron a las nuevas condiciones (agricultores que pasa ron a la industria o la hostelería), mantuvieron o incrementaron el nivel adquirido por sus antecesores; patrimonios pequeños o medios, fruto de negocios familiares típicamente urbanos, desarrollados y consolidados según las exigencias de los tiempos (negocios de máquinas de coser, muebles de oficina, carnes, electricidad...) y que experimentaron un menor o mayor crecimiento... hasta los límites impuestos por las leyes de un mercado que tenía que adecuarse a las nuevas reglas de la incipiente red transnacional; en fin, patrimonios acumulados por generaciones de miembros de la alta burocracia estatal (judicial y militar), en los que se forman los nuevos tecnócratas vinculados a los negocios transnacionales de la electricidad y del teléfono. En consecuencia, la vida urbana remite a bienes patrimoniales de diversas dimensiones y en cualquier caso relacionados con el dinero.

Esta relación patrimonial con el medio se traduce en distintos niveles de confort doméstico que, en líneas generales, quiere decir incorporación de redes de agua y desagües así como de fuentes de energía (gas, electricidad...) en el propio hogar familiar, a medida que tales servicios se instalan en las ciudades; quiere decir también, para los patrimonios elevados o que se van expansionando, servicio doméstico, aunque éste empieza a disminuir a la vez que reivindica sueldos mayores y horarios más limitados y definidos, al tiempo que la introducción de los electrodomésticos simplifica el trabajo de unos hogares que reducen sus dimensiones; confort doméstico quiere decir así mismo vacaciones, ocio, deporte..., actividades que durante la primera mitad del presente siglo sólo eran patrimonio de la minoría que poseía patrimonios elevados.

Y en estas nuevas formas de confort y ocio se advierten las huellas de los intereses financieros y el consiguiente universo imaginario correspondiente a unos negocios que cada vez más traspasan las fronteras de los estados y entretejen el nuevo orden transnacional: el teléfono, la electricidad, los automóviles, los magazines, la radio, el cine, la aviación, la velocidad, el cosmopolitismo, la actualidad[2].

Frente a esta situación, los escasos recursos de la mayoría de la población impulsaron, en el primer tercio del siglo, la emigración de una tercera parte de las abuelas y abuelos y, tras la guerra civil, de otro tercio más de madres y padres de los estudiantes. Y entre estos dos grupos encontramos numerosas mujeres cuya primera actividad asalariada en la ciudad consistió en el servicio doméstico de las familias urbanas que poseían patrimonios. Un servicio doméstico que en muchas ocasiones sirvió de punto de apoyo para la emigración de los restantes miembros de la familia, y cuya deserción y asalarización a lo largo del siglo se ha menospreciado hasta excluirla de la explicación de la historia contemporánea a pesar de que constituye un indicio decisivo de las transformaciones sociales. Un servicio doméstico que se ha reducido a medida que muchas de las mujeres ocupadas en él se han convertido en amas de casa y madres de unas familias que se han nuclearizado y han accedido a un menor o mayor nivel de consumo.

En estos grupos encontramos, también, a los hombres ocupados en el peonaje dedicado a la construcción de infraestructuras urbanas de alcantarillado, electricidad, transporte urbano..., que hicieron posible la expansión urbana de los años 20 y 30, y a aquellos y aquellas que, tras la guerra civil, con sus horas extraordinarias, impulsaron la implantación de la sociedad de consumo.

La prensa de sucesos, los seriales radiofónicos, el cine, la música, la prensa deportiva y del corazón, y la publicidad comercial que ha patrocinado estos y otros productos de la cultura de masas, conservan las huellas de las angustias y los sueños que han movido esa profunda transformación social que, a base de economía doméstica, horas extra y pagos a plazos, ha conducido, en el transcurso de tres generaciones, a que las y los estudiantes que hoy llenan las aulas dispongan de un confort doméstico, una segunda y hasta tercera residencia, e incluso unos medios de automoción propios.

Porque el paso de lo rural a lo urbano no supone sólo desplazarse en el espacio social, modificar la ubicación espacial-social. Las condiciones de vida guardan relación con el universo simbólico: con el universo mítico-religioso y también, cada vez más, con el nivel de alfabetización y las posibilidades de acceder a él. Y el paso de lo rural a lo urbano requiere adecuar la capacidad de comunicación y conocimiento y el comportamiento al nuevo ecosistema comunicativo: asimilar el universo simbólico que contiene las reglas de comunicación-conocimiento-comportamiento que rigen ese ecosistema. De ahí que la incorporación a una vida urbana cada vez más burocratizada - que no es de extrañar que coincidiera con la dictadura del general Franco - haya conducido a una progresiva implantación de los ritos religiosos y civiles de matrimonio, nacimiento, muerte... hasta prácticamente generalizarse entre toda la población, al tiempo que a un control estatal de las vidas personales más minucioso (partida de bautismo, libro de familia, carnet de identidad, cartilla de la Seguridad Social, declaración de renta, NIF...).

De ahí que vida urbana y participación en el sistema patrimonial implique, en las primeras décadas del siglo XX, alfabetización al menos elemental pero también superior a medida que se incrementan no sólo los bienes patrimoniales sino ante todo las expectativas de conservación y ampliación de los mismos.

A principios del siglo, la escolarización se encuentra mayoritariamente en manos de órdenes religiosas que inculcan un universo mítico-religioso y que se especializan en una educación segregada según clases, y entre hombres (a los que se prepara para la actividad pública) y mujeres (a las que se prepara para administrar los recursos privados en la vida doméstica y regir las alianzas matrimoniales)[3]. El acceso a la alfabetización y la escolarización dependía, pues, de las condiciones de nacimiento geográfico-sociales. Así, entre abuelas y abuelos que emigran a la ciudad en las primeras décadas del siglo, en las ramas familiares catalanas y que disfrutan de bienes patrimoniales encontramos un nivel de escolarización superior, mientras que en las ramas que descienden de emigrantes de fuera de Cataluña, la escolarización es inferior dándose incluso el analfabetismo especialmente entre las mujeres. También advertimos en alguna familia una relación entre la disminución del nivel patrimonial y la disminución del nivel escolar entre la primera y la segunda generación. Pero a medida que avanza el siglo, la alfabetización se convierte en el sistema simbólico que permite, en buena medida, adaptarse a las exigencias de la vida urbana, codifica las nuevas expectativas de vida y facilita recorrer los itinerarios exigidos para acceder a las metas definidas como superiores. Y entre la población que ha realizado estas historias familiares, en todos los casos se da un aumento de la instrucción escolar entre la segunda generación y la tercera, en la que a menudo se hallan los primeros miembros de la familia que acceden a la Universidad.

Progresivamente, a lo largo del siglo XX, se implantan los medios de comunicación de masas, instituciones productoras también de ese universo simbólico propio de la vida urbana y de las relaciones patrimoniales con el entorno. El lugar de la prensa en las distintas historias personales depende, obviamente, del nivel de alfabetización; pero también del interés por la cosa pública, esto es, por los negocios colectivos de quienes quieren conservar e incrementar sus patrimonios y, así, de las expectativas políticas correspondientes a los distintos propósitos expansivos en liza. De ahí que la ciudad sea el espacio por excelencia de la prensa que aparece como el medio de comunicación de masas predilecto entre quienes disfrutan de patrimonios elevados desde principios de siglo. Junto a la prensa, la radio adquiere importancia como instrumento informativo en los momentos de crisis política, especialmente durante la República y la guerra civil. No obstante, la radio junto con el cine primero y después la televisión se imponen como medios al alcance de sectores de población cada vez más amplios gracias a la publicidad comercial (es decir, gracias a la publicitación de los bienes que se ofrecen y se adquieren en el mercado), y gracias también a su carácter de distracción-ocio.

Así, entre las familias con tradición patrimonial advertimos ese papel destacado de la prensa, mientras que entre aquellas familias que acceden al sistema patrimonial o lo incrementan a lo largo de esta centuria se da una mayor presencia de los medios audiovisuales más recientes (cine, radio, televisión...). Esto nos conduce a formular la hipótesis de que los miembros de familias con bienes patrimoniales elevados a principio de siglo mantienen una relación más estrecha con la prensa y otras manifestaciones culturales propias de las elites religiosas e ilustradas; mientras que quienes acceden a lo largo de esta centuria al sistema patrimonial y alimentan expectativas de consolidar y ampliar un menor o mayor nivel de consumo mantienen una mayor relación con el cine, la radio y más adelante la televisión y son, por lo tanto, quienes impulsan (producen / consumen) la cultura de masas. Porque éstas son la mayoría de las familias de quienes hoy ocupan las aulas y aspiran a convertirse en profesionales de las diversas ramas de la cultura de masas. No obstante, esta hipótesis ha de considerarse sólo como orientativa de próximas indagaciones.

En todo caso, la menor relación con la prensa se debe, obviamente, a su menor alfabetización e interés por la vida política. Pero además, la débil presencia de la radio, al menos hasta la guerra civil, se debe también al bajo nivel adquisitivo de la mayoría de esas familias, al mismo tiempo que esta escasa exposición a la publicidad comercial, mecenas de la nueva cultura de masas, guarda relación con un nivel todavía muy bajo de consumo. Después del conflicto, el cine y la radio forman parte ya del universo mental de la primera infancia de esas mujeres y hombres que emigran a las ciudades, y su impacto les acompaña en este tránsito de lo rural a lo urbano, y crece, cuantitativa y cualitativamente, al llegar a la ciudad, hasta disfrutar con sus ensoñaciones ya en el propio hogar. Acomodarse en el sofá frente al televisor primero en blanco y negro y luego en color será un indicio de que han culminado estos itinerarios vitales. Y si bien es cierto que se recuerda con especial énfasis la transmisión televisiva de la llegada del hombre a la Luna, no es menos cierto que la publicidad comercial constituye ese compendio de pequeñas recetas que ayudan a adaptarse a las nuevas condiciones de vida: el recetario por excelencia de los ritos y mitos de la moderna sociedad de consumo.

Este compendio de instrucciones de comportamiento, transmitido por la radio, el cine, la televisión, los discos, cassettes y videocassettes, ha facilitado, sin duda, la adaptación a las nuevas condiciones de vida y ha alimentando expectativas vitales que han impulsado a mujeres y hombres hacia la modificación de sus formas de comunicación, conocimiento y comportamiento.

Podemos concluir, pues, que la cultura de masas aparece como resultado de un conflictivo proceso de redefinición y redistribución del sistema patrimonial precedente, que se ha ido nuclearizando e incrementando en cuanto al número de quienes poseen bienes patrimoniales y también en cuanto a las dimensiones y cualidades de las posesiones. En este proceso encontramos, junto a unos itinerarios vitales que nos hablan del acceso a la posesión de bienes y al disfrute del consumo por parte de amplios sectores de población, hasta entonces excluidos, y junto a itinerarios vitales que ponen de manifiesto el incremento de estos bienes en otros sectores de población, otros que indican un recorrido inverso que conduce a que familias con grandes posesiones al iniciarse el siglo, que no han sabido adaptarlos y adaptarse a las nuevas reglas, los hayan visto reducirse y hasta en algunos casos desaparecer; y, en fin, otros itinerarios que indican también que otros sectores amplios de población resultan desposeídos de los bienes necesarios para su supervivencia (aunque este tipo de itinerarios no aparecen entre las historias familiares que desembocan en las aulas universitarias).

Estas transformaciones en el sistema patrimonial, que se han traducido en la progresiva electrodomesticación de la vida cotidiana, se han derivado de (y, a la vez, han impulsado) nuevas formas de imperialismo, que han supuesto la crisis del centro hegemónico localizado hasta finales del XIX en algunos estados de la Europa occidental, y su reformulación y desplazamiento, a lo largo del siglo XX, hacia Estados Unidos, la URSS y Japón: nuevas formas de dominio que, basándose en tramas financieras, tecnológicas e informativas de alcance masivo y transnacional, han impulsado esa fase más reciente de la conquista de la Tierra... desde el espacio.

En este conjunto de itinerarios vitales personales, cada cual podemos re-conocer y re-conocernos en las cadenas de opciones realizadas por mujeres y hombres de las generaciones que nos precedieron, las condiciones en que realizaron las opciones y las consecuencias personales y colectivas que se han derivado de ellas, así como en las huellas que han dejado nuestras propias opciones en las prácticas y las expectativas cotidianas; esas huellas que, cada vez más a medida que nos acercamos al presente, hablan de nuestra participación en la construcción y re-producción expansiva de la aldea transnacional.

De ahí las contradicciones de nuestra adultez.

 


[1] La propuesta didáctica de trabajar la implantación histórica de los medios de comunicación y la cultura de masas a partir de las historias familiares de los estudiantes la desarrollé a partir del curso 1987-1988. Los datos que aquí se presentan se derivan del trabajo realizado hasta el curso 1990-1991, fecha en que se escribió este texto. He decidido no modificarlo para su publicación en esta web porque considero que sigue siendo válido en líneas generales, al menos como propuesta de análisis, si bien los datos corresponden a estudiantes nacidos en Cataluña en los años 70 que asistían a la Universidad a finales de los ochenta, por tanto, con condiciones de vida diferentes de las de los estudiantes actuales, nacidos en los 90 en un entorno social en el que se producen nuevas migraciones de alcance planetario. Esta situación hace imprescindible no olvidar las experiencias vividas por muchas mujeres y hombres de nuestras propias familias que vivieron experiencias similares.

[2] Véase Espinet, F. y Tresserras, J. M., Els símptomes de modernització i massificació a Catalunya durant la Segona República: el magazine D'ACÍ I D'ALLÀ a través d'ell mateix i de les memóries; y Gómez Mompart, J. Ll., y Marín Otto, E., Les transformacions de la premsa catalana de la República a la Guerra, ambos en Garitaonandia, C., De la Granja, J. L. y De Pablo, S. (ed.), Comunicación, cultura y política durante la II República y la Guerra Civil, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1990, tomo II. Ambos trabajos resumen las investigaciones más amplias de sus respectivas tesis doctorales.

[3] La obra de Ana Yetano, La enseñanza religiosa en la España de la Restauración, Anthropos, Barcelona, 1988, constituye un excelente estudio sobre los colegios religiosos que se propusieron educar a las mujeres de las clases acomodadas a principios de siglo.