Puntos de partida y metodología: ejercicios de lectura crítica no-androcéntrica

He explicado ya que llegué a formular así esta hipótesis del arquetipo viril, en el marco de un conjunto de cuestiones que me planteaba al tratar de elaborar una Historia de la Comunicación Social en la que se tomara en consideración, decididamente, la aportación de las mujeres a la existencia humana, por tanto, que atendiera a las relaciones históricamente conflictivas entre mujeres y hombres de diversas condiciones espacio-temporales.

Ello quiere decir que me proponía clarificar la relación entre la división social en razón de sexo y otras divisiones sociales. Ciertamente, la división social en razón del sexo no es la única división existente en nuestra vida social. Si es la primera y principal o no, es una de las cosas que hay que aclarar, pero sin olvidar que se halla articulada, en la práctica de la vida social y en nuestras particulares existencias, con otras divisiones sociales que nos afectan en virtud de la raza y de lo que definimos como clase social, y de acuerdo con la edad, en fin, de las condiciones de nacimiento y consecuente ubicación en la sociedad. Por tanto la reflexión en torno al sexismo en que incurre el discurso académico, lejos de llevarme a menospreciar las divisiones sociales que se dan también entre las mujeres, me condujo al problema más global de la articulación histórico-cultural de las distintas divisiones sociales, con el propósito de comprender su actual complejidad

Y esta forma de plantearme el problema repercutió decisivamente en los caminos que recorrí para resolverlo y, así en las soluciones que descubrí: el propósito de atender al sexismo en el marco de otros problemas relacionados con la ordenación jerárquica de la vida social me condujo a hablar de androcentrismo, término que explícitamente se refiere a la ordenación jerárquica centralizada de la vida social, así como a la correspondiente adopción de un punto de vista central desde el que se construye la explicación que legítima ese orden.

De este modo, el sexismo aparece claramente como un ingrediente del androcentrismo, y el androcentrismo como una forma de sexismo que incluye otras discriminaciones sociales.

El término androcentrismo puede clarificarse mejor si atendemos a la etimología y composición de esta palabra. En griego, ANER, ANDROS, hace referencia al ser de sexo masculino, al hombre, por oposición a la mujer y por oposición a los dioses: al hombre de una determinada edad (que no es niño, ni adolescente, ni anciano), de un determinado status (marido) y de unas determinadas cualidades viriles (honor, valentía...). En sentido estricto, al hombre hecho, al verdadero hombre, de cuya construcción en la filosofía griega nos dan noticia clara M. Vegetti en Los orígenes de la racionalidad científica y P. Vidal Naquet en El cazador negro. Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego. Es decir, no se trata de cualquier ser humano de sexo masculino, sino de quien ha asimilado un conjunto de valores definidos como viriles (en el sentido latino en el que se habla de VIR): de los hijos de Atenea -virgen nacida del cerebro de Zeus-, construcción simbólica que ha sido ampliamente estudiada por Nicole Loraux.

Referirnos a ANER, ANDROS, en este sentido estricto, permite diferenciar lo masculino en general de una determinada forma de simbolizar y conceptualizar lo masculino orientada a la participación en el poder bé1ico es decir, en el núcleo básico del centro hegemónico.

Andro-centrismo consta, además, de un segundo término que hace referencia a ese situarse en el centro que proporciona una perspectiva centralista en este sentido se habla a veces de egocentrismo, o de etno-centrismo, visión desde el punto de vista central de una raza, y hasta de etnocentrismo clasista, ingredientes que, junto con la adultez sexista, configuran el significado que aquí otorgo al término androcentrismo.

Por tanto, la distinción entre sexismo y androcentrismo es fundamental, a pesar de que con frecuencia se utilizan ambos términos como sinónimos o sin precisar el alcance de cada cual, lo que conduce a errores que cabe subsanar.

En primer lugar, porque la forma en que nos planteamos un problema condiciona su resolución. Y, por tanto, si pre-suponemos, por ejemplo, que el discurso es sexista, acaso nos parezca suficiente elaborar una nueva historia de la mujer que nos lleve a incrementar el número de investigaciones sobre la realidad histórica de las mujeres, pero sin cuestionar el discurso hegemónico, de modo que podemos acabar incurriendo en lo mismo que estamos criticando: en producir explicaciones sexistas aun que de signo contrario -y que cabría definir como ginecocéntricas-, por tanto, tan restringidas y parciales como las aceptadas actualmente.

Por el contrario, tomar como punto de partida el problema del androcentrismo deja la puerta abierta no sólo a clarificar el sujeto histórico que aparece en el centro del discurso, y, así, a indagar la realidad histórica marginada al silencio de lo in significante, sino también a averiguar la relación que guarda tal centralidad en el discurso con el funcionamiento del Centro Hegemónico de la vida social y, así, con otros problemas que se derivan de una ordenación centralista de la vida social, hoy tan compleja debido a su amplitud.

Esta distinción entre sexismo y androcentrismo es también básica ya que, como indican M. A. Durán y otras investigadoras feministas, se sospecha que el yo del razonamiento abstracto constituye la primera trampa conceptual que conduce a una epistemología sexista o androcéntrica. Ciertamente, la permanente equiparación del sujeto productor del discurso a un yo o un nosotros masculino produce, al menos, una legítima incomodidad en las mujeres, pues no deja traslucir nuestra personal naturaleza. Así, Martha I. Moia, en El no de las niñas. Feminario antropológico, habla del "esfuerzo deliberado y costoso que implica hablar desde la perspectiva de la mujer", esfuerzo que relaciona con "imposiciones gramaticales, fáciles de subvertir, que desdibujan el mensaje al hacernos perder de vista el foco" y con "limitaciones de significado, difíciles de reconocer y de corregir, cuyo efecto no es desdibujar sino borrar, des/existir". Por su parte, Sheila Rowbotham analiza las contradicciones existentes entre Mundo de Hombre, conciencia de mujer. Y ya veremos hasta qué punto esta sospecha apunta hacia problemas elementales del saber académico.

Ahora bien, ¿es posible demostrar que el discurso académico es androcéntrico, es decir, que constituye una forma de explicar nuestro pasado y presente vinculada a la perspectiva que se obtiene al adoptar un punto de vista central, propio del colectivo de varones que se sitúan en el centro hegemónico de la vida social? En ese caso, relación guarda ese punto de vista central, que en un primer nivel diríase que hace referencia al sexo, con otras perspectivas centralistas denunciadas por estudiosas y estudiosos críticos, que se refieren a la clase social, a la raza, al centralismo estatal, a la edad y aún al propio ser humano (antropocentrismo)? ¿Podemos considerar, al menos como hipótesis de partida a investigar, que existe un eje que articula todas estas perspectivas centralistas? ¿Podemos pensar que existe una profunda relación que atraviesa la hegemonía de sexo, de clase, de raza, de nacionalidad, la hegemonía adulta, y hasta la hegemonía de lo público, de lo urbano, de la razón productivista y tecnocrática, y aún la hegemonía de la vigilia sobre el tiempo de los sueños, tal como nos hizo ver E. Fromm en relación con El lenguaje olvidado?

Tratar de dar respuesta a estas preguntas parece una tarea vasta y compleja, pero necesaria, pues se intuye que apuntan a un problema que pudiera constituir el fundamento de otros. El orden del discurso parece dictaminar lo que podemos decir y así, incluir y afirmar, y lo que no debemos ni osamos decir y, en consecuencia, negamos y excluimos, tal como nos ayudó a notar M. Foucault. ¿Guarda alguna relación este orden del discurso con el androcentrismo, con algún tipo de perspectiva centralista? Es necesario tratar de clarificar cómo opera el orden del discurso para intentar romperlo y, en definitiva, ya no sólo poder empezar a hablar sino, en primer lugar, poder reflexionar desde las márgenes de lo negado, de lo excluido y silenciado.

Esta es la tarea que me propuse realizar -al principio, sin apenas pretenderlo- cuando empecé a fijarme y a tomar nota de cuanto se decía de la mujer en los diversos textos que leía, lo cual me llevó a prestar especial atención a la conceptualización de lo humano habitual en las distintas obras que leía y a la que yo misma me había habituado sin ser consciente de ello. A esta tarea la definí posteriormente ejercicios de lectura crítica no androcéntrica, expresión mediante la que manifiesto la clara intención de definir positivamente, como existente y significativo, un punto de vista que se distancia no sólo de la perspectiva viril sino también de la que es propia de quien -hombre o mujer de cualquier condición- se ubica en el centro hegemónico desde el que se reglamenta la vida social.

Así, como he indicado ya, empecé a prestar atención a cuanto se decía de las mujeres en textos muy diversos; y ello me hizo notar que las referencias a mujer son mucho más escasas de lo que podía suponer, a menudo meras ironías para aligerar el texto, expresiones que nos hemos habituado a repetir sin casi darnos cuenta pero que, en cuanto nos detenemos a pensar en ellas, se tornan destellos que nos hacen interrogarnos acerca de los masculinos presuntamente generalizadores de lo humano y de ese hombre al que identificamos con lo humano.

Ello me condujo a ampliar mi campo perceptivo. Y, en la medida en que empecé a dudar de que los masculinos presuntamente genéricos se refieren realmente al conjunto de mujeres y hombres, pude notar algo fundamental: la ambigüedad con que se usan los masculinos y el concepto hombre, en unas explicaciones que se autoproclaman rigurosas, objetivas, científicas, ambigüedad que permite pasar de lo particular a lo genérico sin explicitar de qué se está hablando realmente; ambigüedad que permite que lo particular aparezca como universal humano y, así, se generalice.

De este modo fui pasando de un primer nivel de lectura crítica a un segundo nivel en el que me fijaba cada vez más en el tipo de actuaciones y el universo mental que acompañan a lo que en cada texto se identifica con lo humano Todo ello me permitió notar la persistencia de un sistema de valores muy concreto en autores y autoras que hasta entonces yo consideraba de muy distinto signo y aún de contrarias posiciones ideológicas, e impregnando también mis propios hábitos de pensamiento; un sistema de valores que finalmente di en identificar como propio de quienes se autodefinen superiores para legitimarse en el ejercicio de alguna de las múltiples versiones de poder. Y en este punto, la reflexión teórica ponía en juego esas prácticas que hemos aprendido a encarnar para sobrevivir de acuerdo con las reglas de las actuaciones pertinentes públicamente, y me evidenciaba las contradicciones entre nuestras prácticas y nuestras teorías: la relación entre la forma de vida académica y las especulaciones que la justifican.

Por ello, cuando me refiero a estos ejercicios de lectura crítica no-androcéntrica pongo el acento en su esencial carácter de ejercicios de autocrítica de nuestros propios hábitos mentales, hábitos que gobiernan y constriñen nuestras actuaciones y actitudes.

De ahí, también, que indique dos puntos de partida básicos que los han orientado, y en los que pretendo condensar los pre-supuestos que me permitieron concluir la hipótesis del arquetipo viril. Quiero señalar así que frente a lo que considero supuesto de partida androcéntrico que predica, por ejemplo, que "el hombre es lobo para el hombre", o que toque otorga superioridad al macho de la especie humana es su capacidad para matar y trascender la vida, como creía Simone de Beauvoir y predican hoy también sociobiólogos de talante patriarcal, y otras versiones similares; frente a este supuesto o hipótesis que constituye el núcleo esencial, in-cuestionado e in-cuestionable del sistema de valores propio de quienes, como profesionales de este saber, se auto-otorgan tamaña superioridad; frente a esta creencia, yo decidí partir de otras suposiciones, y sólo en esa medida pude articular mi crítica.

Añado también que los nuevos puntos de partida que adopto no son suposiciones, sino más bien evidencias vitales, aspectos evidentes de la existencia humana pero que hemos aprendido a valorar negativamente, a menospreciar como no-significativas o in-significantes para explicar la existencia humana de acuerdo con las reglas del discurso público.

La primera, que toda sociedad está constituida por mujeres y hombres diversas y diversos, diversidad que no implica que unos o unas sean superiores o inferiores a otras u otros; la superioridad o inferioridad dependen siempre de un sistema imaginario de clasificación, de un sistema de valoraciones de que nos dotamos según lo que nos proponemos; y la organización social jerarquizada, lejos de ser natural, considero que es más bien anti-humana, ya que fundamenta y justifica que sea posible que unos seres humanos vivan a expensas de otros. Con ello quiero, pues, llamar la atención sobre el naturalismo que suele atribuirse a las divisiones jerarquizadas y hasta sobre la universalidad que suele otorgarse al Estado. En el sustrato más profundo de esta creencia anida la superioridad que atribuimos al saber lógico-científico y otras formas de conocimiento validadas institucionalmente como verídicas y, por extensión, a quienes hacemos de ello nuestras profesiones: de ahí la imprescindible autocrítica hasta aceptar que acaso nos hallamos en un error, hasta no vislumbrar ya sólo ignorancia fuera de esas verdades.

La segunda evidencia es que la humanidad nace de mujer. La humanidad nace de mujer, ciertamente fruto de confusiones eróticas entre mujeres y hombres; pero hemos aprendido a re conocernos mito-lógicamente descendientes de Padre, la cultura humana producto de varón. Sobre esta primera contradicción, sobre este primer decir en contra de una aportación fundamental de las mujeres a la existencia humana, parecen erigirse las formas hegemónicas de explicar nuestra existencia humana, el saber mítico-religioso y el saber lógico-científico, así como el discurso político. Así, frente al supuesto androcéntrico que predica que "en el principio fue el padre", sea Zeus, Yahvé o El Cazador, cobra nuevo realce una aportación evidente de las mujeres a nuestra vida social, algo que, sin embargo, de acuerdo con el mandato bíblico "parirás hijos con dolor", hemos aprendido a valorar negativamente, a considerarlo causa de nuestro sometimiento ya considerarlo tan in-significante históricamente que ni siquiera nos sorprende que este dato no se tenga en cuenta ni cuando se estudia demografía.

Estos son, sucintamente, los puntos de partida y la metodología aplicada a la lectura comparativa entre lo que aparece en la Política de Aristóteles y lo que de esta obra explican libros de Historia del Pensamiento de amplio uso en la Universidad, con los resultados a que me he referido y que veremos a continuación.

Como podrá notarse, no se trata, pues, de un ejercicio de lectura complicado, sino muy sencillo, que consiste fundamental mente en leer atentamente. Pero aquí radica precisamente la dificultad. Esta lectura atenta nos exige detenernos a pensar lo que leemos, contrastarlo con lo que nos hemos habituado a pre-suponer en los textos, por tanto, pararnos a reflexionar también sobre nuestros propios hábitos de pensamiento. Y este leer pausado, este re-visar y re-pensar en silencio antes de hablar, tropieza con las exigencias y las rutinas de un sistema académico y una industria cultural que exigen una producción tan incesante de verborreas que casi no dejan lugar más que a la mera re producción. De ahí mi insistencia en la necesidad de utilizar la lectura crítica no para practicar un ejercicio de autocrítica que nos advierta más de nuestros hábitos mentales que de los fallos ajenos, por tanto, sirviéndonos de otros textos como pre-textos para practicar un saludable reaprender desaprendido cuanto sentimos como hechuras asfixiantes: un ejercicio que nos ayude a des-cubrir, a cada cual y sólo a partir de ahí colectivamente, las dificultades con que tropezamos para comprender el mundo en que vivimos, nuestra propia existencia, y nos libre, así, de incurrir en ese vicio tan propio del arquetipo viril que consiste en valorar negativamente a otras y otros para poder pronunciar una falaz autoafirmación. Al fin y al cabo, la negación del otro exige siempre partir de la autonegación de la propia humanidad.