Presentación

Los periodistas han de volver a ser activos,
salir a la calle,
levantar el culo de la silla
y contrastar las  informaciones,
y no hacer tanto caso del fax,
de los comunicados de los gabinetes
y de las ruedas de prensa.

III Congreso de Periodistas Catalanes (1996)

 

En la madrugada del último domingo de agosto de 1997, un coche que circulaba a gran velocidad por las calles de París chocó contra un pilar y, como consecuencia del impacto, fallecieron en el acto dos de sus ocupantes, una tercera persona murió a las pocas horas de ingresar en un hospital y la cuarta resultó herida de gravedad.

Al día siguiente, uno más de los numerosos accidentes mortales de circulación que se habían producido en Europa durante el verano (sólo en España se había sobrepasado el centenar) era anunciado por todas las emisoras de radio y televisión y aparecía con grandes titulares en las portadas de todos los diarios.

Las víctimas no eran sólo dos amantes que buscaban la complicidad de la noche. Cual personajes de leyenda romántica que evoca tiempos de cruzadas religiosas, ella era una princesa cristiana; él, un rico comerciante musulmán. Ella había tenido que abandonar el palacio real, como Blancanieves en el cuento. A él le negaban la ciudadanía en aquel reino, igual que a tantos otros.

Estas y otras circunstancias habían fomentado la notoriedad de los protagonistas antes de que se produjera el fatídico suceso, por lo que, durante varios días, las emisoras de radio y televisión y los periódicos explicaron todos los detalles de las circunstancias que desembocaron en la dramática muerte de Lady Di y Dodi al Fayed. Y se hicieron eco, también, de las voces que acusaban a los fotógrafos de prensa de ser los responsables del siniestro, y del debate sobre si los medios de Comunicación y especialmente las cámaras han de someterse a algunas normas.

Notemos que el carácter público de los personajes no era obra de los medios de comunicación: no fueron los tabloides británicos los que crearon a Lady Di. Fue la familia real, la primera institución pública de uno de los reinos más poderosos del mundo, la que convirtió a una joven aristócrata en un personaje público, al contraer matrimonio con el príncipe heredero. Y esta alianza matrimonial no se puede reducir a la penumbra de la alcoba, ni conviene que quede fuera del enfoque y del debate públicos: no les conviene a los ciudadanos cuyos impuestos sustentan alguna monarquía, y tampoco le convenía a Lady Di.

Se ha acusado a los fotógrafos de prensa de provocar su muerte, y este argumento se ha utilizado incluso para llevar a algunos a la cárcel y procesarlos por homicidio involuntario. Pero este planteamiento no tiene en cuenta que, gracias a los medios de comunicación, los conflictos que vivió esta mujer por no doblegarse a las reglas vigentes en palacio tuvieron unos límites: la publicidad de sus desavenencias con el príncipe y la reina, la exhibición pública de su actividad como madre de los herederos y de sus actuaciones representando su papel de princesa, de forma no grata a la familia real, sus relaciones con grupos problemáticos y marginales, le evitaron perecer tras los muros reales. En otros tiempos, las princesas y las reinas que contravenían las normas eran repudiadas y encerradas en torreones y conventos.

Por tanto, no se puede hacer solamente una lectura negativa de los medios de comunicación, ni siquiera de aquellos que están especializa dos en ofrecer a la luz pública imágenes de la vida privada de los personajes públicos. El control público que se ejerce sobre la vida privada de estas personas tiene también efectos beneficiosos para ellas y para la vida colectiva que, de lo contrario, fácilmente quedarían supeditadas a cualquier arbitrariedad.

Algunas voces han intervenido en la polémica matizando qué actos y en qué circunstancias deben ser objeto de la atención pública o han de quedar fuera del alcance de las cámaras. Resulta paradógico que se reclamen restricciones a los profesionales que proporcionan imágenes no financiadas por los interesados, directa o indirectamente, en una sociedad en la que cualquier persona o colectivo que se precie de gozar de un lugar en el escenario público, y que tenga interés en conservarlo, paga lo que haga falta para que cuiden de su imagen pública. Porque la proliferación, en los últimos años, de asesores de imagen, gabinetes de comunicación y otros profesionales cuyo objetivo es que se publiquen datos favorables a los intereses de quienes les pagan, ha generado una nueva forma de control de la opinión pública que está hoy intimidada por numerosos intereses privados en liza. Y el peso de esta enorme cantidad de imágenes favorables sólo se puede contrarrestar si se publican al mismo tiempo otras menos idílicas, aún a riesgo de que molesten a las sensibilidades más selectas.

Es en este terreno de las sensibilidades donde se pone de manifiesto que la polémica está alimentada por colectivos preocupados por preservar sus privilegios del control público, interesados en poner trabas a la libertad de información aunque, eso sí, presentándose como sus más nobles defensores!

Porque, ¿acaso los matrimonios de las familias reales o no tan regias, en los que están en juego mayores o menores patrimonios cuya herencia dependerá de las relaciones íntimas de las parejas, no son un asunto regulado públicamente, controlado también por el ojo vigilante de todas las iglesias? Y estas reglas que marcan las relaciones matrimoniales ¿no afectan, de forma decisiva, a los sentimientos de las personas individuales y a la sentimentalidad colectiva? ¿No son los sentimientos priva dos, por tanto, objeto de reglamentación pública? Entonces, ¿por qué sustraerlos al debate público?, ¿por qué restringir los temas a tratar públicamente a los que está previsto que se exhiban en los escenarios públicos tal como está previsto, y ocultar o disimular lo que afecta a los sentimientos?

Planteamientos políticos tan restrictivos, impuestos por la ley o por el consenso, favorecen que, en sociedades democráticas, las normas vigentes para todos los miembros del colectivo sean contravenidas impunemente por algunos de sus miembros. Así, las reglas que rigen en el seno de la familia real española, y que privilegian la herencia del varón, transgreden el principio establecido por la Constitución de 1978 según el cual nadie sufrirá discriminación por razón de sexo.

Está claro que el interés que despiertan las historias sentimentales y privadas no puede achacarse, simplemente, al mal gusto y los sentimientos morbosos de tantos lectores con un nivel cultural deplorable, consumidores dispuestos a engullir cualquier basura, como argumentan algunos ilustrados celosos de las convenciones públicas. La curiosidad, el interés y el análisis colectivo de las actividades privadas e íntimas son imprescindibles en una sociedad que proclama que ha de existir un control público de los poderes. Y la defensa de una opinión pública libre, garantía de la vida democrática, no pasa por imponer barreras a la mirada informativa.

Al contrario, como recogió en una de sus conclusiones el III Congreso de Periodistas Catalanes que se celebró en Barcelona a finales de 1996, cuyo texto abre este libro, los periodistas han de volver a ser activos, salir a la calle, levantar el culo de la silla y contrastar las in formaciones, v no hacer tanto caso del fax, de los comunicados de los gabinetes y de las ruedas de prensa.

Lo que hace falta hoy es que los profesionales de la información amplíen su mirada: que no se limiten a enfocar a los personajes públicos, ya actúen en público o en privado, sino que vayan más allá de los gestos que hacen para ofrecer imágenes positivas, y se adentren también por los amplios territorios de la marginación cuyas situaciones injustas desgarran nuestro mundo, y que escudriñen las relaciones entre tantas miserias y todas esas ambiciones privadas que corrompen la vida pública y alimentan propuestas políticas en el mejor de los casos estériles.

Esta apertura de la mirada informativa al vasto y complejo mundo en el que vivimos es lo que ha de reclamar hoy un pensamiento ilustra do, esto es, reflexivo y razonable, que sea sensible a los problemas de nuestra sociedad.

Pero para ello es preciso ampliar, también, la racionalidad ilustrada, de modo que tome en consideración la sentimentalidad en lugar de repudiarla como irracional y, a la inversa, es necesario también afinar la sentimentalidad para hacerla más razonable.

Estos son los retos que plantea el mundo en que vivimos, que los medios de comunicación reproducen simbólicamente y amplifican.

Al menos, estas son las conclusiones a las que he llegado tras el largo viaje que inicié hace unos veinticinco años con el propósito de comprender la relación entre lo que dicen los periódicos y lo que sucede en la realidad.

Las páginas que siguen son un resumen de las notas que he ido tomando en este viaje a través de esos mapas de nuestra sociedad que son los periódicos.

Pero los mapas nunca son el objetivo de un viaje. Sólo son un medio para orientarse y elegir las rutas a seguir, para decidir los itinerarios. Tampoco el punto de destino es el objetivo de un viaje. Y ni siquiera lo es el ir y volver y todos los recorridos que acompañan la ida y el retorno. El objetivo de los viajes, al menos de los que hacemos por el placer de ampliar nuestro conocimiento del mundo, es conocer a otras personas y conocernos, descubrir al otro para encontrarnos con esos otros que se despiertan en nuestro interior cuando nos relacionamos con gentes con formas de vida, gustos, paisajes, hábitos, mentalidades, diferentes de los nuestros.

Tampoco el objetivo de la aventura que explico en este libro fue nunca, tan sólo, pasearme por las páginas de los periódicos, o filtrarme corno Alicia a través de su espejo para aterrizar en sus redacciones y observar las rutinas de los profesionales que las elaboran. Si un día me propuse ser periodista, fue para salir a la calle y explicar lo que pasa. Y si sentí añoranza cuando las circunstancias me apartaron y me conduje ron a las aulas universitarias, lo que eché en falta fue la calle con la gente, el contacto con las cosas de cada día y ese nombrarlas con la claridad propia del periodismo.

Quizá por eso me ha obsesionado tanto tiempo explorar las páginas de los periódicos para comprender qué explican sobre la sociedad en la que vivimos y cómo lo explican, y para ver si aciertan o no en el diagnóstico de sus problemas y en los posibles remedios.

Parto, pues, de la base de considerar los periódicos, al igual que los mapas, como una representación del mundo en el que vivimos, una guía para orientar nuestros viajes cotidianos. Pero, de la misma manera que el resultado de un viaje no depende sólo de los mapas que utilizamos, sino también de cómo los utilizamos, así también nuestro conocimiento de la sociedad no depende únicamente de los diarios y revistas en los que buscamos informaciones, sino de cómo leemos aquellos periódicos que elegimos leer.

Hay mapas, corno esos tan prácticos para moverse por el Metro de una gran ciudad, en los que sólo se registran lugares muy concretos, las estaciones enlazadas por rutas bien trazadas que sólo se pueden recorrer en determinadas condiciones, en vagones que circulan veloces por túneles subterráneos. Se parecen a los periódicos especializados o a las secciones de los periódicos que nos conducen, por ejemplo, por los despachos de los dirigentes de las instituciones públicas y las empresas, o por los salones de las familias acomodadas y las personas famosas... Son mapas y periódicos muy útiles, siempre que tengamos en cuenta sus limitaciones: sólo sirven para hacer recorridos específicos. y ni siquiera las personas más estrechamente vinculadas a ellos pueden reducir su vida a lo que en ellos se representa.

Pero, lo sabemos, cualquier ciudad, cualquier país es mucho más de lo que vemos en los mapas, y la sociedad no se reduce a lo que aparece en algunas secciones y algunos periódicos. Y. de la misma manera que si queremos conocer mejor una ciudad y el país del que forma parte, tenemos que consultar otros mapas y buscar en ellos otras informaciones, así también, si nos interesa comprender mejor lo que sucede en nuestro mundo, hemos de acercarnos a otros periódicos y otros medios de comunicación.

Sin olvidar nunca que mapas y periódicos sólo son unas guías. y que el conocimiento que obtengamos en nuestros viajes de las gentes y los paisajes no dependerá solamente de ellos. Dependerá, también, de otros factores: de la prisa que tengamos por cumplir algún programa que nos hayamos fijado, de los medios de transporte que utilicemos para desplazarnos de un sitio a otro, de la disposición y de la capacidad para dejarnos sorprender por los otros... Y, acaso, la posibilidad de encontrarnos con una de esas personas que se incorporan para siempre a nuestra vida dependa de que, en algún momento, seamos capaces de prescindir de cualquier orientación simbólica y de perdernos por parajes no señalizados.

He advertido ya que este libro no trata de la sociedad en la que vivimos, de lo que les pasa a las gentes de las que nos hablan los periódicos. La aventura que explico es la que corresponde a ese tiempo en el que, a medida que exploramos y seleccionamos los mapas que utilizaremos y aprendemos a descifrarlos, disfrutarnos anticipadamente de sorpresas que intuirnos. Y he organizando el texto siguiendo las etapas por las que he pasado.

Trato, primero, de las posibilidades y las limitaciones que me proporcionó el equipaje intelectual con el que inicié esta aventura, como historiadora y periodista, para situar mi propuesta en relación con los ejes del conocimiento del pasado, propio de la Historia, y de la actualidad de la que hablan los medios de comunicación.

Examino detenidamente. a continuación, algunos recorridos que realicé a través de las páginas de los periódicos, que me condujeron a des cifrar esa mirada informativa que es el tema central de este libre. Y en esta segunda parte hago, además, una propuesta metodológica concreta para analizar el contenido de las publicaciones a lo largo de su historia: el análisis hemerográfico diacrónico automático, que puede aplicarse utilizando las fichas y siguiendo las instrucciones que se incluyen en el anexo.

Finalmente, concluyo con unas reflexiones extraídas de la Historia de la Comunicación en torno a las relaciones entre lo que explican los textos periodísticos y las transformaciones sociales contemporáneas. Apuntando como tema a indagar, que al igual que las talasocracias fenicia y griega, para poder codificar las informaciones de los numerosos pueblos con que se relacionaron, se dotaron del alfabeto, un repertorio de signos muy económico que permite representar un amplísimo vocabulario; así también, en la actualidad, la representación de un mundo planetario que hacen los medios de comunicación ha requerido la extraordinaria economía de signos de la codificación digital.

Esta excursión no hubiera sido tan fructífera, ni tan larga, si no hubiera contado con el apoyo de muchas personas a las que quiero recordar al finalizar ahora esta etapa.

Los años de estudiante en las Facultades de Filosofía y Letras de Zaragoza y Valencia fueron especialmente fructíferos. Los profesores Eugenio Frutos, Antonio Abad, Joan Reglá, Emili Giral, Antonio Ubieto, Miquel Tarradell... me despertaron el vicio de buscar en el pasado claves para comprender el presente. Y mis primeros pasos como periodista por las calles de Barcelona fueron menos arduos gracias a algunos compañeros que me enseñaron a modelar mis palabras de acuerdo con las voces de las personas que dan vida a la sociedad (¡cómo no recordar La sala de los pasos perdidos de Jose Martí Gómez en El Correo Catalán!).

Este bagaje condicionó felizmente mis reflexiones sobre las relaciones entre la Historia y los medios de comunicación, que resumo en la primera parte, así como la forma en que me propuse estudiar los textos informativos, tema de la segunda parte.

He abierto cada uno de los apartados haciendo algunas referencias a las condiciones en las que me planteé las distintas cuestiones de las que trato, y mencionando a algunas de las personas que me ayudaron especialmente. Pero quiero ser ahora más explícita.

El punto de partida fue la investigación sobre la prensa de sucesos que realicé para graduarme en la Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona, el curso 1972-1973, y la tesis de Licenciatura en Geografía e Historia, que leí en la Universidad de Barcelona en setiembre de l975. Pere Oriol Costa, entonces subdirector de Tele-Exprés y hoy compañero en el Departamento de Periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona me proporcionó la primera bibliografía, las obras de Jacques Kayser y Georges Auclair, básicas para trabajar la propuesta que hago aquí. José Altabella, con su enorme y erudita humanidad, me ayudó a explorar las Hemerotecas. Sin las conversaciones que tuve con ellos, con Georges Auclair y con los miembros del Instituto de Reinserción Social de Barcelona, en aquellos años setenta, probablemente hubiera naufragado.

La cordialidad de los profesores de la que todavía no era la Facultad de Informática y primeros organizadores del Centro de Cálculo de la Universidad Autónoma, y los buenos criterios con los que atendieron a mis demandas para informatizar el análisis hemerográfico, me hicieron comprender que los ordenadores sólo son unas máquinas que no hacen nada más que lo que les pedimos, y que el problema que me tocaba resolver a mí era definir las preguntas y las categorías para estudiar el periódico. Lección magistral y excelente antídoto contra la epidemia tecnocrática que empezó a propagarse a partir de los años ochenta, y contra el uso aberrante de la informática, que conduce a adoptar soluciones meramente cuantitativas sin advertir que la aportación de la memoria humana ha de ser cualitativa.

Gracias a todas estas compañías comprendí que para proseguir mi exploración por los textos periodísticos, debía adentrarme antes por los bosques de las Teorías de la Historia y la Comunicación.

He de confesar que inicialmente no sabía dónde me metía, menos aún a dónde iría a parar. Y que gracias a las alumnas y alumnos que han participado en mis cursos fui desbrozando caminos. Si en los setenta vislumbré que los periódicos, al explicar la realidad, generan pautas de lectura, en la primera mitad de los ochenta la crítica feminista me ayudó a comprender que también los textos académicos generan hábitos de lectura de la realidad, y que estos hábitos condicionan cómo leemos y escuchamos, cómo pensamos académicamente sobre los medios de comunicación.

He explicado este proceso en las dos obras que publiqué resumiendo los análisis que hice de diversos textos académicos, y he agradecido ya los apoyos que recibí en esa etapa crucial, por lo que no me extenderé ahora más.

Sí quiero recordar a aquellas personas que han sido decisivas a la hora de establecer puentes entre los textos académicos y los textos informativos, Antoni Jutglar, Manuel Tuñón de Lara, Carmen García Nieto, Román Gubern y Jesús Martín Barbero fueron maestros solícitos en momentos de incertidumbre. Con Amparo Muñón, Teresa Velásquez, Mar Fontcuberta, Juana Gallego, Rosa Rodríguez, Esther Crespo y Ana Amorós, logramos ajustar algunas piezas del rompecabezas, al situar la prensa dirigida a las mujeres como discurso de lo privado, siguiendo los trabajos de Daniéle Bussy-Genevois. Vicente Huizi, Jose Manuel Perez Tornero, M. Dolores Montero, Ricardo Acirón, Marta Selva, Isabel Segura, Mercé Fernandez, Lola G. Luna, Mary Nash, Milagros Rivera, Mercé Gisbert, entre otras personas, me invitaron a ordenar en voz alta mis indagaciones y a escribirlas en forma de conferencias, ponencias y artículos. Con Sonia Muñoz hemos compartido conversaciones plenas de amistad.

Especialmente fructífera ha sido la relación con profesoras y profesores de enseñanzas primarias y medias y estudiantes de doctorado con quienes he reflexionado sobre la utilización de los medios de comunicación en las aulas. Mila Belinchon, Isabel Alonso Dávila, Assumpta Sopeña, Encarna Larrey, Elena González Escudero, Francesc Barata y Pedro M. Molina enriquecieron mis propuestas con excelentes trabajos que abren vías prometedoras para formular nuevas explicaciones del mundo contemporáneo que tengan en cuenta otros protagonistas distintos de los habituales. Y Hortensia Iturriaga y Josep María Tatjer me han apoyado siempre en esta línea desde el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Estas y otras personas me acompañaron en la travesía de aquellos años ochenta tan felices para algunos pero también tan duros. Porque se abrió la brecha que luego se ha ahondado entre quienes participarnos de la sociedad del despilfarro y quienes carecen de los recursos para sobre vivir. Porque se puso de manifiesto la incapacidad política para amortiguar tantas marginaciones y para una autocrítica imprescindible para rectificar. Porque a la censura de la dictadura sucedieron nuevas formas de control de la opinión pública: la proliferación de profesionales que invaden las redacciones de los medios de comunicación con las mejores sonrisas de quienes les pagan, y una sutil autocensura, mezcla de aceptación de esas imágenes y supeditación a las exigencias de las empresas y de la jerarquía de las redacciones, por temor a traspasar las fronteras de la marginación. En fin, porque estos problemas fueron cubiertos por el tupido velo de la utopía tecnocrática que afectó especialmente a los periodistas, ahora ligados a las pantallas de los monitores, atentos a los libros de estilo y protegidos de la calle por sistemas de seguridad.

Aunque... ¿No será ésta una visión excesivamente agria de los medios de comunicación? Necesitaba dar forma, de una vez, a una metodología que me permitiera conocer cómo explican los periódicos la realidad social. A finales de los ochenta la informática estaba ya al alcance de algunos estudiantes de doctorado, que me han ayudado a poner a punto el análisis hemerográfico diacrónico automático que propongo en el último apartado de la segunda parte.

Hablo allí de los trabajos de algunos estudiantes que me sirvieron para dar los últimos pasos: Estefanía García, Ramón Suñé, Gisela Cavarrocas, May Cobos. Angel Garriga y Olga del Río. Quiero añadir los nombres de Carlos Alberto González Saavedra, François Baltus, y los de Gloria Quinayas y Joaquín Sánchez, que aplican esta metodología a las investigaciones que están realizando. La profesora Natividad Abril, de la Universidad del País Vasco, la utilizó también en un curso de doctorado. A ella y a Begoña Zalbidea quiero agradecer que me invitaran a impartir un curso de doctorado en Bilbao, en enero de 1997, que fue la ocasión para empezar a dar forma a este libro. La buena disposición de las y los estudiantes que participaron me obligó a continuar matizándolo.

En esta recta final ha sido decisiva la colaboración de Olga del Río para acabar de perfilar el cuestionario de acuerdo con las posibilidades del SPSS: merece un lugar muy especial en esta relación de agradecimientos, y no puedo evitar lamentar que una persona de su valía no forme parte del profesorado del Departamento de Periodismo.

No menos decisivo ha sido el apoyo de Marcial Murciano durante estos años pero, en especial, al ofrecerme ahora la oportunidad de publicar este libro en esta colección sobre Comunicación que dirige con tanto acierto.

He de agradecer a Isabel Gámez el cuidado con que ha revisado el texto final porque, además de eliminar numerosas erratas, ha depurado unas cuantas expresiones.

Volver a encontrar a Antoni Batista, con la madurez de tantos años ya de profesión, y reflexionar con él sobre cómo la utilización de las fuentes condiciona la mirada informativa. y hasta qué punto la preferencia de los periodistas por las fuentes policiales en las informaciones sobre ETA, colabora a simplificar un problema que necesita urgentes soluciones políticas, me permitió constatar la coincidencia entre mis preocupaciones y las de unos profesionales que no renuncian a un periodismo en contacto con las palpitaciones de la gente.

Si la lectura de estas páginas, además de ser útil para analizar la prensa, despierta el deseo de aventurarse más allá de los convencionalismos que asfixian hoy las aulas universitarias y las redacciones de los medios de comunicación, si incita a alguien a perderse por parajes en los que reencontrar el placer de intentar comprender la existencia humana cotidiana, y a explicar su experiencia para que podamos compartirla, consideraré cumplido el objetivo pedagógico de este libro.

Tortosa, verano - otoño de 1997