Presentación

Al iniciarse el curso 1978-1979 y exponer mi programa de Historia de la Comunicación Social a mis alumnas y alumnos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona, una de ellas observó, con toda razón, que era tan machista como todos los de esta casa.

Hacía entonces diez años que había concluido mi licenciatura en la Facultad de Historia de la Universidad de Valencia. Allí, gracias a la actitud intelectual y humana de mis profesores los doctores Joan Reglá, Emili Giralt, Alfons Cucó, Anton Ubieto, Miquel Tarradell y a conversaciones con compañeras y compañeros de pasillos de aquel vetusto edificio, había descubierto algo que ha constituido después un eje central de mis pensamientos: que el estudio del pasado debe orientarse a la comprensión del presente a fin de transformarlo en una vida social más humana. En consecuencia, mi participación activa en el Movimiento Feminista, tal como se configuró al amparo del Año Internacional de la Mujer, me había conducido a elaborar mi personal reflexión histórica sobre las divergencias y conflictos que surgían constantemente en su seno, en una obra publicada dos años antes por la Editorial Anagrama (Mujeres en lucha. El movimiento feminista en España). Sin embargo, mi inquietud por la problemática que como mujer vivía no había logrado alterar mis planteamientos docentes de la Historia, sin duda porque las exigencias que la actividad académica universitaria establece prioritariamente no me dejaban ni tiempo para profundizar en el problema de la mujer, tema considerado especializado y, por qué no decirlo, marginal y secundario.

La crítica de mi alumna no modificó mis condiciones de trabajo. Pero me afecté profundamente. Puso el dedo en la llaga de esa escisión entre práctica y teoría que me desazonaba. Me pregunté, decididamente, hasta qué punto los libros de historia que yo había estudiado y seguía estudiando, la historia que a mi turno ofrecía en clase, olvidaban la realidad histórica de las mujeres, es decir, los problemas que yo vivía por el hecho de ser mujer. Y, también, si tales obras, si el discurso histórico, la forma académica habitual de explicar el pasado, olvidan la realidad de al menos la mitad de la población, ¿de quién nos hablan? Dado que no podía dedicarme a fondo a las aportaciones de la historiografia feminista -por entonces todavía escasas-, decidí empezar a tomar nota de cuanto hallara sobre las mujeres en las obras que consultaba. Y pronto pude comprobar que tales referencias eran notablemente más raras de lo que sospechaba, a menudo meros contrapuntos o ironías que servían para contrastar o aligerar los textos; y, al mismo tiempo, que, en contra de lo que había aprendido a creer, no todo lo que se dice de «el hombre», de los «hombres», o de cualquier otro masculino presunta mente genérico, puede identificarse con «lo humano», es decir, con cualquier ser humano, mujer u hombre. Descubrí, así, que solemos utilizar los masculinos de forma ambigua, en ocasiones para referirnos sólo a los hombres, en otras como generalizadores de lo humano, sin molestarnos en especificar el sentido que les damos, quizá porque ni siquiera nos paramos a pensarlo.

Por entonces, los pre-supuestos teóricos sobre los que trabajaba en la elaboración de la Historia de la Comunicación Social eran los del análisis marxista, los del desideratum de una historia total en la línea de Pierre Vilar. De ahí que mi indagación acerca del pasado histórico de las mujeres haya sido siempre indagación acerca de las diversas relaciones entre mujeres y hombres; por tanto, tratar de clarificar la articulación entre hegemonía de clase, hegemonía de sexo y otras formas de hegemonía que se dan en la vida social y sin embargo poco atendidas en el discurso académico (por ejemplo, el etnocentrismo). De ahí, también, que interrelacionase todo esto con otros problemas: la relación entre ideología y organización socioeconómica y política, la materialidad de lo ideológico y la ideología que se desprende de lo material; y la transformación histórica de la articulación entre lo privado y lo público que nos acerca a la articulación social entre las relaciones comunicativas interpersonales y la comunicación de masas. Pero fue, sin duda, el problema de las relaciones históricamente conflictivas entre mujeres y hombres, y su exclusión del discurso histórico académico, lo que acabó por hacer añicos esquemas teóricos que hasta entonces había considerado esencialmente validos y me llevó a proponerme formular una historia total no androcéntrica, cuyos rasgos elementales expuse en un par de artículos publicados en L'Avenç, a principios de 1981.

Todo este proceso fue, pues, consecuencia de afinar mis antenas comprensivas tratando de descubrir ya no sólo qué se decía de la mujer en los libros de historia y otras ciencias sociales, sino también qué se decía de el hombre, a quién se referían los distintos masculinos de los diversos textos que leía. Llegué a la conclusión de que éste era un problema clave del discurso académico y también del discurso informativo. En primer lugar, por la ambigüedad y el confusionismo que conlleva, en unos textos que se precian de claridad conceptual, precisión y rigor. Pero, además, porque a la sombra de esta ambigüedad conceptual se oculta una particular concepción de lo humano que se presenta como lo humano por excelencia, lo que permite considerar natural un sistema de valores particular y partidista y que yo considero in-humano por anti-humano, es decir, por basarse en la hegemonía de unos seres humanos sobre otros.

Así llegué a la conclusión, al finalizar el verano de 1981, de que cuanto se dice del hombre corresponde, no a cualquier ser humano, mujer u hombre de cualquier condición, ni siquiera a cualquier hombre, sino a lo que definí como el arquetipo viril: un modelo humano imaginario, fraguado en algún momento de nuestro pasado y perpetuado en sus rasgos básicos hasta nuestros días, atribuido a un ser humano de sexo masculino, adulto y cuya voluntad de expansión territorial y, por tanto, de dominio sobre otras y otros mujeres y hombres le conduce a privilegiar un si tema de valores que se caracteriza, como ya resaltó Simone de Beauvoir, por valorar positivamente la capacidad de matar (legitimada, por supuesto, en ideales considerados superiores, trascendentes) frente a la capacidad de vivir y regenerar la vida armónicamente, Tanatos frente a Eros. Y este ingrediente elemental del discurso histórico y de las restantes ciencias sociales, esta conceptualización de lo humano a la medida del arquetipo viril, vicia de raíz las formas mediante las cuales hemos aprendido a pensar nuestra existencia humana, con las que nos hemos habituado a reflexionar sobre los problemas que hoy vivimos y, por tanto, a formular interrogantes al pasado.

No me resultó fácil demostrarlo académicamente. Esta fue la tarea de mi tesis doctoral que pude leer, al fin, en octubre de 1984, en la Facultad de Historia de la Universidad de Barcelona, Una lectura atenta de La Política de Aristóteles me permitió poner al descubierto y mostrar que este padre del saber lógico-científico y político habla contribuido de forma decisiva a acuñar racionalmente esta conceptualización de lo viril, su universo mental y su sistema de valores, y a legitimarlo como lo natural-superior- humano. Sin embargo, lo que el filósofo había expuesto tan nítidamente, se tornaba opaco en las obras de historia del pensamiento de amplio uso en la Universidad, que explican su obra y la de los restantes padres del saber académico. En ellas, estudiosos y estudiosas de nuestro tiempo, lejos ya de argumentar la superioridad que Aristóteles atribuyó a los varona adultos de raza griega, esposos-padres-amos de esclavos, identifican su sistema de valores con lo humano, sin tener en cuenta que se excluye, así, tomar en consideración otros muchos aspectos de la vida social -a los que el filósofo se refirió para elaborar sus argumentos- que permiten poner en tela de juicio la valoración positiva de esta voluntad de dominio expansivo propia del arquetipo viril. Es decir: el discurso académico actual no sólo es decididamente androcéntrico, sino que, además, encubre esa perspectiva particular partidista al identificarla con lo humano. De ahí que tengamos que hablar de la opacidad androcéntrica del discurso en la actualidad.

¿Cómo hemos podido incurrir en tal confusión? Sin duda por que en nuestro paso por los distintos niveles del sistema educativo hemos aprendido a operar mentalmente con este modelo humano particular, como si se refiriese a lo humano, a confundir lo viril con lo propio de cualquier ser humano, mujer u hombre, y así, hemos asimilado su universo mental, su sistema de valores y su forma de conocer para llevar a cabo sus propósitos de hegemonía expansiva, como si se tratase de lo natural-superior- humano. Luego, a medida que nos hemos ido integrando, ya adultas y adultos en los escenarios públicos, en los distintos cuerpos profesorales, transmitimos a nuestra vez a alumnas y alumnos, generación tras generación, esta creencia profunda, sin que tengamos tiempo ni ocasión para paramos a reflexionar sobre esta cuestión tan elemental y sencilla, sin que, por su parte, alumnas y alumnos, más pendientes de superar pruebas y exámenes que de lo que aprenden, puedan encontrar posibilidades de réplica. Y así vamos reproduciendo los parámetros mentales propios del Saber vinculado al Poder, propios del arquetipo viril, que gobiernan profundamente el conocimiento académico lógico- científico, considerado, además, como e! conocimiento por excelencia, liberador de ignorantes. Éste es, también, el modelo humano con el que opera el discurso político y quizá a ello hay que achacar la incapacidad de que hace gala la actividad política para resolver los problemas que hoy vivimos.

De ahí mi interés por realizar una re-lectura crítica de los manuales que se publican para alumnos y alumnas de Bachiller: en ellos se condensan las claves conceptuales y las líneas básicas del discurso histórico considerado socialmente válido y legitima do oficialmente, de forma resumida, por tanto, más fácilmente aprehensibles que si hubiera recurrido a las numerosas obras especializadas que se utilizan en la Universidad, y que en líneas generales parten de los mismos pre-supuestos, a menudo sólo modificados por las restricciones del saber especializado. Además, con estas lecturas críticas no pretendo tanto criticar a otros autores o autoras, como utilizar la ocasión pan practicar el des- aprendizaje autocrítico, para reaprender desaprendiendo, como me dijo un día una alumna, apasionante tarea que no obstante resulta más difícil que aprender por primera vez, tal como nos advirtió Aristóteles.

Gracias a una subvención que me concedió en 1984 el Instituto de la Mujer del Ministerio de Cultura, he podido realizar la lectura critica no-androcéntrlca de manuales de historia de BUP que ofrezco en estas páginas. Esta ayuda económica me permitió contar con la colaboración de Carlos M. Ruiz Caballero, que durante varios meses se ocupó pacientemente del rastreo y cuantificación de las referencias a mujer y las referencias masculinas que aparecen en los manuales analizados, y de su ordenación en las casi cuatrocientas fichas que reposan en los archivos del Instituto de la Mujer por si alguien desea consultadas.

Se advertirá que el análisis de los manuales se limita, en el primer nivel cuantitativo, a dos, uno de historia universal y otro de historia de España, ambos de la Editorial Vicens Vives, que es la que tiene una más amplia difusión (correspondientes a primer y tercer curso de BUP, respectivamente), y que el segundo nivel de análisis se ha limitado al manual que expone el discurso de la historia universal. Estas restricciones obedecen a la escasez de recursos económicos. No obstante, considero que los resultados obtenidos resultan ya suficientemente significativos puesto que nos desvelan los parámetros mentales básicos de la opacidad androcéntrica del discurso histórico.

Soy consciente de que es mucho más fácil leer críticamente que escribir sin incurrir en lo criticado, acaso porque no sólo el concepto hombre, sino otros muchos que configuran el universo mental viril presentado como humano, las normas de corrección gramatical y sintáctica, y las que pautan el orden textual pertinente académicamente, vician, desde su raíz, nuestros pensamientos. Por tanto, no debe extrañar, ni a mi ni a nadie que lea lo que he escrito, que incurra en ocasiones en vicios que critico, Es más, agradeceré cualquier sugerencia, cualquier crítica o comentario que deseéis hacerme quienes leáis estas páginas y, des de luego, cualquier información sobre experiencias similares: nuestras preocupaciones se tornan más llevaderas en la medida en que podemos compartirlas con otras personas y, además, la comunicación enriquece siempre nuestras particulares perspectivas, las matiza y las hace más tangibles, lo que resulta de gran utilidad para que se esfumen esos fantasmas mentales que a me nudo nos acechan a quienes trabajamos como especialistas en productos cerebrales.

Ciertamente, si en los últimos cinco años he podido adentrarme en el orden androcéntrico del discurso histórico y su opacidad sin naufragar, ha sido gracias a la comprensión y al apoyo que he encontrado entre numerosas personas, amigas y amigos, alumnas y alumnos, y también entre algunas profesoras y profesores universitarios. Pero, también, a pesar de la resistencia que he hallado entre otras personas, en especial entre algunos profesores y profesoras universitarios cuya incomprensión disfrazada de argumentos dogmáticos y hasta inquisitoriales me ha servido de aliciente para proseguir en la clarificación del Saber Viril como sistema de creencias asumido inconscientemente. Todas estas aportaciones, especialmente las de alumnas y alumnos de Bellaterra que se han prestado a realizar los ejercicios de lectura crítica no-androcéntrica de obras diversas que les he propuesto en los últimos cursos me han ayudado a desaprender muchas cosas y a tomar en consideración otras muchas que había aprendido a olvidar. Citar a todas estas personas seria incurrir en un orden preferencial impuesto por el propio orden textual, que prefiero evitar, y hasta en exclusiones que lamentaría. Por ello, prefiero dedicar este «cuaderno inacabado» a cuantas personas, con su amistad cómplice, me han ayudado a constatar que los seres humanos, mujeres y hombres, aspiramos a relacionarnos armónicamente aun cuando hayamos aprendido a no creer en ello, punto de partida básico de la perspectiva no-androcéntrica que propongo. Entre estas personas se encuentran Mireia Bofia, que consideró interesante publicar mi texto, y Ma. Carmen García Nieto, que ha escrito el prólogo.

He dividido el texto en dos partes. La primera (que contiene unas cuantas páginas de mi tesis doctoral), constituye una aproximación teórica al problema del androcentrismo en el discurso histórico, para lo cual parto de la distinción entre dos términos, que suelen utilizarse como sinónimos aunque no lo son: sexismo y androcentrismo. En ella expongo las razones por las que considero es necesario no limitar nuestro análisis al sexismo, sino que hemos de ampliar nuestra capacidad comprensiva al funcionamiento global de la vida social y por tanto a la articulación de las divisiones sociales que condensa el término androcentrismo. En la segunda parte creo que se demuestra claramente, a partir de los ejercicios de lectura crítica no-androcéntrica, la pobreza reflexiva en que podríamos incurrir si solamente atendemos a la división social en razón del sexo, ya que el hombre que aparece como protagonista de la historia no es cualquier humano, mujer u hombre de cualquier condición, ni siquiera cualquier hombre, sino el arquetipo viril. Dado que el saber hegemónico actualmente se presenta como racional, ocultando el sustrato simbólico-religioso sobre el que se fundamenta, he querido concluir con unas breves reflexiones acerca de esta cara oculta del Saber Viril, acaso la más importante y compleja aportación de la lectura crítica no-androcéntrica en la que habrá que profundizar más.

Ciertamente, uno de los defectos en que incurre, con excesiva frecuencia, el discurso feminista, es hablar de la mujer sin matizar las diferentes divisiones sociales que confluyen también las mujeres. Esta limitación de la atención a la división social en razón del sexo, eludiendo su articulación con otras divisiones sociales, hace que a menudo el discurso feminista caiga en sexismo que critica, aunque lo formule con imagen de mujer, y hasta aparezca impregnado de unas imágenes elitistas y jerárquicas que llevan a distinguir entre las feministas y... las otras como si las mujeres que no han adoptado los planteamiento feministas fueran, por definición, más sumisas y hasta ignorantes que las que los han adoptado. De ahí la incapacidad par articular esa crítica radical, es decir, desde las raíces del orden social, que teóricamente dice propugnar. La distinción entre sexismo y androcentrismo nos aproxima al debate en tomo al «feminismo de la igualdad» y el «feminismo de la diferencia» y aun a otro menos explicitado pero que se deriva de todo lo anterior: las dos corrientes que conviven contradictoria y conflictivamente en el movimiento feminista, y que permiten, una, el acceso u mujer al poder y, la otra, cuestionar radicalmente el poder. Diríase incluso que la primera -que suele tener mayor audiencia en los medios de comunicación de masas- podría servir, ante la profunda crisis de la hegemonía androcéntrica a que hoy asistimos, para dar una alternativa que no pasara de la simple sustitución de los varones hegemónicos por mujeres hegemónicas, para transformar la hegemonía androcéntrica en una hegemonía ginecocéntrica. Pienso que para eso no valía la pena tanto es fuerzo. Y, además, que no son éstas las intenciones de muchas de las mujeres que nos identificamos como feministas.

De ahí mi deseo de plantear públicamente un debate en tomo al androcentrismo y sus repercusiones. Un debate que considero necesario realizar entre todas aquellas personas, mujeres y hombres, preocupadas por un saber académico y político que muestra cada día más sus insuficiencias para avanzar hacia unas formas de vida social más humanas.

Tortosa-Barcelona, enero de 1986

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