Violencia viril

Publicado en El País, domingo 18 de abril de 2004, página 17, sección DEBATE

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CRÍMENES CONTRA LAS MUJERES

El pasado 31 de julio se aprobó por unanimidad la ley reguladora de la Orden de Protección a las Mujeres Maltratadas. Estas medidas no parecen haber tenido el resultado deseado cuando, en lo que va de año, 16 mujeres han muerto a manos de sus parejas o ex parejas y los casos de agresiones de todo tipo se producen casi a diario. En el primer artículo se destaca el modelo de masculinidad valorado como socialmente superior, como causa de la violencia contra las mujeres; en el segundo, se plantean las mecidas que se deberían tomar para prevenir este tipo de agresiones[1]

VIOLENCIA VIRIL 
Amparo Moreno Sardà*

Hay que empezar por nombrar el problema
con palabras que lo definan con claridad

Las frecuentes noticias sobre mujeres asesinadas por sus respectivos maridos o compañeros sentimentales está generando un debate público sobre un problema de amplio alcance: las víctimas mortales son sólo una pequeña proporción de las mujeres maltratadas con más o menos frecuencia y brutalidad, física y psicológicamente, por otros tantos hombres cuyo comportamiento no parece fácil que hoy se pueda evitar.

El problema no es nuevo. Durante la dictadura, el Código Penal condenaba a pena de destierro al hombre que encontraba a su mujer yaciendo con otro y mataba a ella y/o a su amante, para salvaguardar su honor. Por tanto, las mujeres y hombres que hoy tenemos más de 25 años hemos vivido en un ambiente en el que la ley y la copla entonaban "la maté porque era mía"; y las personas más jóvenes, en su trato con las más mayores, se han familiarizado con esta mentalidad.

Tampoco parece que estas agresiones hayan aumentado debido a la mayor autonomía económica y afectiva de las mujeres; al contrario, esta autonomía la hemos conquistado, individual y colectivamente, para liberarnos de unos abusos que la ley, la costumbre y la mentalidad religiosa y política consideraban normales y consustanciales con la virilidad y el papel del pater familiae; y para ello, hemos topado con la incomprensión e incluso con reacciones violentas de los hombres y de algunas mujeres. Se han modificado las leyes. Pero la posibilidad de denunciar en las comisarías a los hombres que maltratan a las mujeres sólo ha sido factible a medida que los medios de comunicación se han hecho eco de los casos más graves, aunque todavía no resulta tan fácil como, por ejemplo, denunciar el robo de una cartera. Porque cambiar la mentalidad es una tarea más lenta y difícil.

Este cambio ha de empezar por nombrar el problema con palabras que lo definan con claridad.

La expresión violencia de género, enmascara la realidad, suena mal y sólo se entiende en los círculos feministas académicos, políticos y mediáticos que han logrado imponerla. Con el término género se pretende distinguir los rasgos sexuales de los modelos de comportamiento que se les atribuye. Pero en la práctica, suele utilizarse reduciendo la atención a las mujeres que, una vez más, aparecen como víctimas. Se desvía, así, la atención de los hombres, los responsables de las agresiones y los crímenes; y se elude examinar los móviles de los comportamientos de unos y otras.

Más acertado parece hablar de violencia doméstica, porque no reduce el problema a una confrontación sexista, o de género, sino que abarca las diversas relaciones entre mujeres y hombres de distintas edades y condiciones que se dan en el mitificado dulce hogar. Pero induce a aislar estos conflictos a un espacio social reducido.

Por el contrario, las reacciones violentas que conducen a muchos hombres a maltratar a las mujeres hasta la muerte, no pueden atribuirse simplemente a  patologías individuales. Aparecen estrechamente relacionadas con ese modelo de masculinidad valorado socialmente como superior: un arquetipo viril que tradicionalmente se ha inculcado a los niños para hacerlos hombres, con ese sentido fuerte que se asocia con posiciones de poder en los espacios domésticos y en los escenarios públicos, y que hoy también hemos de asumir las mujeres que nos incorporamos a estos escenarios. Este arquetipo forma parte de una memoria histórica patriarcal de larga duración, compartida por todas las culturas que practican la expansión territorial sobre otros pueblos. De ahí que el patriarcado se caracterice por un sistema de valores que considera natural no sólo el dominio del hombre sobre la mujer, como suele plantearse, sino también el dominio sobre otros.

Tenemos indicios para pensar que el ejercicio de este dominio no ha sido ni es tarea fácil, y que hizo necesario construir la que podemos considerar como gran mentira primigenia: la afirmación de que existen unos seres humanos superiores a otros. Esta afirmación falsa, que ha sido cuidadosamente argumentada por las religiones y los padres de la filosofía y la política, desde Platón y Aristóteles hasta nuestros días, sólo puede sustentarse con una negación también falsa: definiendo inferiores a "los otros".

La eficacia de esta primera mentira depende de que se imponga mediante la coerción (como decía Aristóteles, la guerra es un medio natural y justo para someter a quienes nacidos para ser mandados, se niegan a someterse). Pero depende, ante todo, de su aceptación como verdad. Para tener credibilidad, ha tenido que ser asumida, primero, por los pueblos que practican la expansión que la han aplicado a sus relaciones internas, generando un sistema en el que se ha definido al hombre superior a las mujeres y las criaturas no adultas. Por eso, el arquetipo viril aceptado tradicionalmente como superior, prepotente con las mujeres y criaturas del propio grupo, y con otros pueblos, está en la base del sistema institucional privado y público que ha atribuido al pater familiae y al Estado el monopolio de la violencia. Y sólo se puede consolidar en la medida en que se inculca a los niños, en el proceso de aprendizaje del comportamiento adulto, a través de la familia, el ejército, la religión, la escuela, los medios de comunicación..., y lo asumen como lo humano superior hasta encarnarlo.

Creer en la mentira primigenia, pretender que se forma parte de colectivos superiores (por el sexo, la edad, la raza, la religión, la lengua...), puede provocar reacciones violentas, físicas o simbólicas, ante cualquier expresión humana que se identifica con lo inferior, por tanto, que hay que reprimir, en uno mismo y en los demás, individual o colectivamente. De ahí la violencia de los hombres contra las mujeres, pero también otras formas de violencia que reclaman hoy un debate que ya no se puede eludir. 


* Catedrática de Periodismo de la UAB y concejala del Ayuntamiento de Tortosa. Sobre este tema ha publicado (1986) El arquetipo viril protagonista de la historia, LaSal, Barcelona, y (1988) La otra Política de Aristóteles, Icaria, Barcelona.

[1] El segundo artículo, que aparece en la mitad inferior de la página, se titula Derecho a la vida y a la libertad, está firmado por Montserrat Comas d'Argemir, magistrado, vocal del CGPJ y presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género. ADOLECE DE LO QUE CUESTIONO: apenas habla de los criminales, y la medida que plantea es ridícula: ... La modificación del Código Penal, que ha convertido en delito las faltas en materia de violencia doméstica, comportará mayores efectos disuasorios. El seguimiento mediante brazaletes electrónicos, a partir del 1 de octubre próximo, de los condenados por estos delitos aumentará la eficacia del control del alejamiento.
¿Qué parecería una medida como esta en el caso de los terroristas?