(2000-02-11) Historia, movilidades sociales e identidades

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            Las historias que vivimos cada ser humano no transcurren al margen de la Historia. El pasado que da forma al presente de nuestras sociedades está entretejido con los sucesivos presentes en los que actuaron mujeres y hombres de las generaciones que nos precedieron. Las historias personales nutren ese conjunto inmenso y variado de experiencias vividas a que nos referimos cuando pensamos en la Historia con mayúscula.

            Sin embargo, en los libros de historia que estudiamos en las aulas, desde los niveles primario y secundario hasta los más superiores, hemos aprendido que sólo unos pocos seres humanos merecen el título de protagonistas de la historia; del resto poco hay que explicar, a no ser abstracciones condensadas en expresiones genéricas y datos estadísticos. Examen tras examen hemos repetido listas más o menos extensas de personajes, casi todos varones adultos con nombres y apellidos, la mayoría tratados con tonos épicos, que aparecen como los que han hecho y decidido la historia, por tanto, como los protagonistas enaltecidos de los acontecimientos significativos para la vida social, responsables de lo que sucede. Y así hemos aprendido también la otra cara: que lo que hacemos, lo que decidimos, lo que vivimos cada ser humano a medida que construímos día a día nuestras historias personales, no merece ser tenido en cuenta, es insignificante históricamente, carece de significado para el funcionamiento de la sociedad y, en consecuencia, para comprender los problemas actuales y las posibilidades de solucionarlos.

El aprendizaje escolar de esta relación de protagonistas y acontecimientos se ha grabado en nuestra memoria primero con el fuego del miedo a equivocarnos y merecer el juicio negativo de nuestros profesores y, luego, con el rescoldo del temor a desconocer a esos personajes y acontecimientos que dan nombre a las calles, plazas y monumentos de las ciudades, son recordados en las fiestas locales o patrias, en las efemérides de los periódicos y hasta en los crucigramas y concursos de televisión y, por tanto, debe conocer cualquier persona que se precie de no ser ignorante. Y así, implícitamente, hemos aprendido también a menospreciar lo que cada cual hacemos para resolver nuestras vidas día a día, a creer que esos esfuerzos no tienen ninguna repercusión social, por tanto, que no somos responsables de la Historia.

Esta forma de explicar la génesis histórica del mundo en que vivimos, y de transmitir esa explicación entre las generaciones más jóvenes, que despierta el interés sólo de estudiantes y profesores entusiastas de la épica viril, no es ajena al aburrimiento que inunda las aulas y al "fracaso escolar". La mayoría hemos aguantado o aguanta las clases de historia con más o menos resignación. Pero en cuanto cesa la presión de los exámenes, procura olvidar todo aquello que repitió aún sin comprenderlo, tras tediosos ejercicios memorísticos cuyo objetivo era simplemente superar exámenes.

Probablemente, este deseo de olvidar no es ajeno al ahistoricismo que lastra las  expliciones académicas y políticas sobre la sociedad actual, que se manifiesta en dos posturas aparentemente antagónicas, aunque menos de lo que parece: la falta de visión del carácter histórico de los fenómenos sociales, y el anquilosamiento en los acontecimientos reseñados en las cronologías. Porque los esfuerzos que hacemos para adaptarnos a los rigores escolares no son en vano. Aquello que repetimos una y otra vez sin contrastarlo y sin cuestionárnoslo, se incrusta en la memoria como una dogmática intocable que pervive con fuerza ya que, como decía Aristóteles, "es más difícil olvidar lo aprendido que aprender por primera vez". De ahí que no podamos olvidar y, por tanto, que la crítica a la explicación de la historia que estudiamos requiera una autocrítica de lo que aprendimos: un ejercicio de des-aprendizaje.

Esta forma de explicar el pasado, y el deseo y la dificultad de olvidarla, ayuda a entender la depreciación que se ha producido a lo largo del siglo XX de la responsabilidad política en unas democracias que, sin embargo, proclaman que se basan en la participación de toda la ciudadanía: si sólo unos pocos hacen la historia y son los responsables de lo que sucede, si todo depende de las minorías que concentran tantos poderes, es absurdo que la mayoría, que nos encontramos más o menos lejos de esas posiciones, nos preocupemos de las repercusiones colectivas de nuestros actos.

Esta devaluación de la responsabilidad política afecta especialmente a los políticos que, en cuanto acceden a sus poltronas, descubren lo costoso, limitado y efímero de su poder (Aristóteles también explicó que "se aprende a mandar obedeciendo"), y quizás por eso suplantan con tanta facilidad los objetivos legítimos que seguramente algún día se propusieron, por los más prosaicos de obtener beneficios privados más tangibles.

El problema es que, a pesar de la aceptación de todas estas "verdades" históricas y políticas, nos consta que no es del todo cierto que la vida de nuestra sociedad dependa sólo de lo que deciden unos pocos; que tenemos demasiados indicios para sospechar que sí somos y sí hemos de sentirnos responsables de la vida social, de la historia, en alguna medida..., aunque no sepamos cómo incidir en un mundo tan vasto y complejo como el actual, para colaborar a que se solucionen injusticias sociales tan acuciantes.

La ansiedad que nos provoca este dilema se atenúa cuando comprendemos que el problema estriba, al menos en buena medida, en las falacias de la explicación histórica que hemos aprendido en las aulas.

Ciertamente, para comprender mejor el papel que jugamos mujeres y hombres en el devenir histórico es imprescindible, antes que nada, reconocer que una cosa es la Historia con mayúsculas, lo que sucedió, lo que hicieron las mujeres y hombres de las generaciones que nos precedieron; y otra, distinta, la explicación que hacemos acerca de lo que sucedió, incluida la explicación histórica académica.

Sólo así podemos proponernos explorar las aportaciones y también las limitaciones de las distintas explicaciones, sean las versiones que estudiamos en las aulas o las que ofrecen los medios de comunicación o cualesquiera otras que forman parte del acervo social de conocimiento, e indagar la posibilidad de construir otras explicaciones que nos permitan reconocer el papel que desempeñamos otras y otros protagonistas y agentes de la historia.

Otras y otros protagonistas, otras preguntas al pasado desde el presente

El primer paso en esta tarea es abrir nuestra mirada al conjunto de seres humanos, mujeres y hombres de diversas edades y condiciones sociales, que integramos la sociedad: enfocar ya no sólo a los varones adultos que actúan en los escenarios públicos vinculados al poder, y a algunas de las pocas mujeres que recientemente van accediendo a ellos, sino ampliar nuestra mirada más allá de las demarcaciones y fronteras políticas, y también más acá, hasta abarcar a las mujeres y hombres en sus actuaciones y relaciones en los espacios domésticos y marginales, y también en sus aspiraciones y sueños compartidos a través de los medios de comunicación. Partir de la base de que todas y todos participamos, en alguna medida, con nuestras actividades cotidianas en los diferentes espacios sociales, en el tejer la historia día a día.

Este punto de partida es fundamental para no dejarnos llevar por prejuicios y esquemas de pensamiento asumidos, y poder discernir qué parte de protagonismo y responsabilidad corresponden a los distintos actores sociales.

Este enfoque más amplio permite percibir la importancia que han tenido, en nuestro mundo contemporáneo, los cambios que hemos impulsado en el ámbito privado y la vida doméstica, y la estrecha relación que guardan con la transformación del ámbito público, no sólo político sino, más aún, con la ampliación de un mercado que se extiende hoy por toda la Tierra introduciendo productos en las viviendas y hasta en nuestros cuerpos y sueños; ámbito público regido por intereses privados posesivos que tejen tramas de gran magnitud, y que han traspasado las fronteras que los estados hicieron respetar... hasta principios del siglo XX.

Este enfoque más abierto permite situar dos transformaciones fundamentales tanto en la vida colectiva como en la personal: la que ha afectado a las relaciones entre mujeres y hombres de distintas edades y condiciones sociales, y a los papeles convencionales que tenían que representar dentro y fuera de las casas, si se prefiere, a los modelos de género; y las que se han introducido en la vida doméstica de la mano de la implantación del mercado de consumo y la sociedad de la información.

Explicar históricamente estas transformaciones requiere orientar nuestro enfoque hacia el ámbito doméstico, para visualizar otras y otros protagonistas, explorar los cambios que hemos impulsado en las actividades y relaciones, y formularnos otras preguntas que podemos ordenar siguiendo los pasos de los itinerarios que seguimos en nuestras historias personales.

Esta exploración de otros territorios de la Historia, esta recuperación del protagonismo de otras y otros protagonistas de la Historia, es la tarea que se ha realizado en el Taller de Historia de Pallejà, a lo largo de los últimos años, y cuyos resultados nos presentan hoy en forma de exposición, libro y materiales pedagógicos con el título Nuestra Historia.

Conocer dónde, cuándo y cómo nos nacieron no es una cuestión menor perdida en el recuerdo de las madres y olvidada en la primera memoria personal, sino un dato significativo que ayuda a comprender esos otros datos estadísticos sobre tasas de natalidad y mortandad, sistema sanitario, etc.

Recuperar el recuerdo de cómo eran nuestras familias, las casas y los pueblos o ciudades que formaron los primeros paisajes de nuestra vida, proporciona una dimensión humana de otras informaciones demográficas que a menudo aparecen demasiado lejanas de la realidad.

Pensar cómo fue la alimentación, la ropa y el calzado, en las infancias de mujeres y hombres de las distintas generaciones a lo largo del siglo XX, según eran las familias, las casas, los pueblos o ciudades..., las condiciones sociales en que nacieron, permite valorar cómo era y cómo ha cambiado la producción industrial que ha engrosado el marcado de consumo.

También podemos enriquecer nuestro conocimiento social a partir de explicaciones personales sobre los hábitos de higiene, estética y salud, hábitos que han apuntado hacia nuevas formas de identidad personal y colectiva.

Las relaciones que mantuvimos en la infancia con la madre, el padre, hermanos y hermanas y otros familiares o personas que convivían en la misma casa o con las que había una estrecha relación fuera, los primeros pasos que dimos dentro de la casa, los ritmos y ruidos domésticos que pautaron los horarios de comidas, descanso propio o ajeno, obligaciones y fiestas..., las voces, los cantos, las risas o los llantos, los sonidos de la radio, la televisión, tocadiscos, vídeo, ordenador... y los primeros pasos fuera de la casa, la relación con la iglesia, los rituales religiosos del bautismo, la confesión, la comunión, la confirmación..., los juegos y amistades de la infancia, en casa, en la calle, en otros espacios, en días ordinarios o de fiestas especiales, las ferias, los circos, el cine..., las primeras responsabilidades en la escuela, en los trabajos domésticos o extradomésticos... , estas primeras actuaciones que marcaron nuestras historias personales, proporcionan referencias vívidas que ayudan a una comprensión más humana de cuáles fueron las condiciones de vida con que se encontraron al nacer mujeres y hombres de las distintas generaciones, y en qué posiciones sociales se insertaron.

Y, siguiendo el itinerario vital, podemos valorar las expectativas y aspiraciones que nos inculcaron las personas mayores que componían el ambiente social, escolar, religioso, y de los medios de comunicación de masas, películas, anuncios...., y que alimentaron tantos sueños posibles e imposibles. Expectativas, aspiraciones y sueños que han orientado las decisiones que hemos adoptado a medida que hemos accedido a la vida adulta, continuando o modificando los pasos seguidos por las mujeres y hombres de las generaciones que nos precedieron: decisiones de seguir viviendo donde nacimos y pasamos la infancia, o de marchar a otro lugar para encontrar otros recursos económicos, profesionales..., noviazgos, matrimonios, opciones políticas.... Decisiones que los libros de historia suelen tratar como datos estadísticos sociológicos.

Tomar estas decisiones nos obligó, a la vez, a poner a prueba los comportamientos que aprendimos en nuestra infancia y a aprender otros para adaptarnos a las reglas del mundo adulto, hasta adoptar los papeles pertinentes dentro y fuera de casa; papeles que en ocasiones no correspondían con los aprendidos, e incluso los contradecían: si habíamos aprendido a vivir en un pueblo, tuvimos que transformar esos hábitos pueblerinos para actuar como se hace en una ciudad; quienes dieron sus primeros pasos en la ciudad tuvieron que adaptar su ritmo a medida que éstas se poblaron más y más; en cualquier caso, las mujeres que dedicamos tantas horas a aprender las tareas domésticas tuvimos que adaptarnos a las reglas del mercado laboral...

Todas estas decisiones a la vez que fueron modificando las condiciones con que nos encontramos al nacer, modificaron también las condiciones con que se encontraron al nacer las criaturas de las siguientes generaciones.

Otras explicaciones, otra pedagogía y otra responsabilidad política

            Este otro enfoque, estas otras preguntas básicas al pasado, arrojan luz sobre cambios decisivos en el siglo XX, especialmente los numerosos y diversos procesos de movilidad geográfica y social que hemos protagonizado, y que han repercutido en la adopción de nuevas identidades personales y colectivas. Y ayudan a responder a preguntas como: ¿Por qué de los buenos propósitos de la infancia y la adolescencia, surgieron fórmulas políticas que en definitiva perpetúan reglas sociales profundamente injustas? ¿Por qué si un día estuvimos en contra de los privilegios de las minorías, hoy los asumimos con una mentalidad propia de las minorías obsesionadas en la defensa excluyente de sus privilegios?

            Reconocer estas movilidades, y los esfuerzos realizados por dejar unas situaciones y acceder a otras, y adoptar otras identidades, facilita comprender los esfuerzos que protagonizan hoy otros grupos para solucionar los graves problemas con que se encuentran en un mundo tan injusto, dentro y fuera de nuestras fronteras, valorar todo ese potencial humano que impulsa hoy a numerosas mujeres y hombres de distintas edades y condiciones, a desplazarse de unos países a otros... de dentro a fuera de las casas... de unas a otras actividades profesionales, para traspasar las fronteras no sólo políticas sino también sociales, para salvar los abismos entre las posibilidades de integración y marginación social, fronteras representadas simbólicamente en unos medios de comunicación que representan dramáticamente los infiernos de la marginación y exaltan el paraíso del consumo.

De este modo, recuperar estas otras historias constituye un ejercicio saludable para enriquecer nuestro conocimiento de la Historia, y puede ser un antídoto contra el menosprecio con que solemos juzgar a "los otros" y justificar las posiciones de privilegio conseguidas, olvidando que tales posiciones no son ajenas a un sistema injusto que condena a la mayoría de población diseminada por toda la Tierra a a condiciones de vida infrahumanas.

Frente a la visión académica restringida, que pone el acento en las actuaciones de unos pocos que aparecen cómo únicos responsables, es necesario abrir el enfoque para valorar las aportaciones de cada uno y el conjunto de los seres humanos al funcionamiento de la sociedad, y asumir, así, la responsabilidad que nos corresponde a cada cual.

Frente al aprendizaje memorístico que predomina en las clases de historia, que anula la curiosidad y abotarga el placer del estudio y el conocimiento, resulta imprescindible, pues, desarrollar una nueva pedagogía que recupere el placer por el conocimiento para comprender el mundo en que vivimos; otra pedagogía en la que estudiantes y profesores compartamos nuevas exploraciones, formulemos otras preguntas y tanteemos otras respuestas.

En definitiva, frente al aprendizaje de la explicación de la historia habitual en las aulas, estática, dogmática, que no da cuenta del conjunto de la sociedad, sino sólo de lo que representa públicamente una minoría a la que enaltece y presenta como modelo al que aspirar, es imprescindible recuperar el papel que han desempeñado otras y otros protagonistas, hacer otras preguntas, ensayar otras explicaciones, para poder hacer diagnósticos más completos y, por tanto, responsabilizarnos en promover, con nuestras actuaciones personales y colectivas, tratamientos más acertados para remediar las apremiantes injusticias sociales de nuestro mundo.

Estas son aportaciones fundamentales que ofrecen trabajos como los que han realizado en los últimos años en el Taller de Historia de Pallejà.