(1995) Política sexual

 

Los libros no hablan solamente de lo que las letras en tintadas resaltan ante nuestra mirada. Hablan, también, de todo lo que sus autores abandonaron al papel en blanco, y de otras muchas cosas que, sin saber cómo, fluyen entre el mundo que envolvía a quien lo escribió y el de cada una de las personas que los leemos, no importa lo cerca o lejos que estemos en el espacio y el tiempo.

Este cúmulo de aportaciones se incrementa cuando nos aproximamos a una obra que leímos hace tiempo, más aún si esta obra, además de marcar nuestra memoria, dejó huellas en el ambiente en que nos movíamos: cada página que pasamos despierta nuestro recuerdo de lo que nos sugirió la primera vez, y nos incita a contrastarlo con los frutos que ha dado, arrojando luz sobre los caminos que desde entonces hemos recorrido, personal y colectivamente.

Esta polifonía me ha resultado especialmente intensa y viva al releer la obra de Kate Millett, Política sexual, para escribir este prólogo a la versión castellana que se edita ahora en España.

Cada reflexión, cada párrafo de la autora, me ha hecho fluctuar entre tres tiempos. La época en que Kate Millett elaboró y publicó el que es su primer libro: finales de los años sesenta en los Estados Unidos, con la efervescencia de movimientos reivindicativos impulsados por colectivos de estudiantes, mujeres y personas de raza negra. Los últimos años de la década siguiente en Barcelona, cuando yo leí la traducción castellana que se había publicado en México en 1975: años de transición de la dictadura a la democracia y de afianzamiento del movimiento feminista en la vida pública, en los que los planteamientos de esta autora alimenta ron numerosos y apasionados debates. Y el tiempo presente, un cuarto de siglo después de que esta obra adoptara su forma definitiva, quince años después de que me encontrara con ella por primera vez.

Veinticinco años es el tiempo que suele atribuirse a un recambio generacional. Y lo constatamos cuando volvemos sobre las páginas de este libro y advertimos que algunos de los problemas que ella denunciaba, como la eliminación de los prejuicios y las normas que impedían o hacían muy difícil la participación de las mujeres en los estratos dirigentes de la actividad pública y de las profesiones, se han reducido; otras reivindicaciones se han conseguido. Pero estos cambios no invalidan la oportunidad de que esta obra se publique hoy en España, ya que continúan vigentes cuestiones fundamentales que en ella se apuntan, y en las propuestas que hace para resolverlos pervive una intencionalidad capaz todavía de iluminar el futuro.

Imaginemos, en primer lugar, a Kate Millett trabajando en lo que fue su Tesis Doctoral, que leyó en la Universidad de Oxford en 1969, y se convirtió en un best-seller editorial cuando se publicó en 1970. Se trata de una joven norteamericana entrada ya en la madurez de los treinta y pico años, que había nacido en Minnesota en 1934 de una familia católica de origen irlandés, de clase media empobrecida, y que en 1956 se había graduado en la Universidad de su ciudad natal yen 1958 en la de Oxford. En 1959 inició su actividad como escultora, pintora y fotógrafa, y se trasladó a Tokio, donde enseñó inglés, estudió escultura y conoció al que fue su marido entre 1965 y 1985, Fumio Yosimura, también escultor, al que dedicó esta obra. A su regreso a Estados Unidos en 1963 impartió clases y realizó su doctorado.

Las preocupaciones y planteamientos de la década de los sesenta en Estados Unidos, tal como las vivía una joven profesional inteligente e inquieta, partícipe del Movimiento de Derechos Civiles y de las acciones pacifistas que provocó la guerra del Vietnam, impregnan las páginas de esta obra escrita con la intención de intervenir en la vida política, combatir los prejuicios patriarcales arraigados incluso entre la izquierda, e impulsar líneas de actuación más radicales y renovadoras.

El balance que hace en el epílogo explica muy bien cómo se situaba ella en ese ambiente: «Se ha afianzado recientemente todo un raudal de fuerzas progresistas, entre las que ocupa un lugar destacado la rebelión de la juventud contemporánea contra la tradición masculina de la guerra y la virilidad.» El «aspecto más prometedor» de este movimiento, continúa, es «la aparición de una nueva corriente feminista, cuya etiología obedece a un complejo conjunto de factores». Y resalta algunas de las líneas básicas que caracterizan esta nueva orientación.

Ante todo, la revolución, según Kate Millett, no debe reducirse a una reestructuración política o económica, o un «teatral despliegue de la agitación armada (aun cuando éste se hiciese inevitable)», sino que ha de trascender estos objetivos mediante «una verdadera reeducación y maduración de la personalidad». Por tanto, los planteamientos políticos que defiende no se limitan a lo que tradicionalmente se ha considerado propio de la esfera pública, sino que abarcan también lo que se suele relegar al mundo privado y a la conciencia individual. Y la importancia que atribuye a esta nueva conciencia individual le hace confiar en la posibilidad de eliminar «la necesidad habitual de recurrir a los métodos violentos», opción que en su opinión no requiere una larga y penosa evolución, ya que los modernos medios de comunicación pueden producir una notable aceleración del tiempo.

Esta actitud pacifista, en consonancia con los movimientos contraculturales de la época, se apoya en un análisis feminista radical, en el sentido de que sitúa la división sexual en la raíz de los restantes problemas sociales.

«El sexo reviste un carácter político que, las más de las veces, suele pasar inadvertido», advierte en el prefacio. Y las lecturas atentas que realiza de las obras literarias de Henry Miller, Norman Mailer, H. D. Lawrence y Jean Ge net, brevemente en la primera parte y de forma más extensa en la tercera, y el análisis de los planteamientos de Friedrich Engels y Sigmund Freud en la segunda parte, ponen de manifiesto los fundamentos sobre los que se sostiene su visión del alcance del patriarcado.

Pero lo más novedoso en esta obra de Kate Millett no es su consideración de que la división sexual está en la raíz de la problemática social. Desde mi punto de vista, su gran aportación es su manera de analizar la visión que han ofrecido de las mujeres y del mundo femenino autores de reconocido prestigio como los mencionados. Porque la lectura que nos ofrece y nos invita a realizar ya no está impregnada por el reverencialismo y la credulidad que pueden detectarse en El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Kate Millett ya no los mira como padres indiscutibles, sino que se sitúa ante ellos en un plano de igualdad, como una compañera que dialoga con ellos de tú a tú, que les replica sin miramientos pero también los comprende mucho mejor de lo que suelen hacerlo sus acólitos. Y esta actitud expresa que asume el hecho de ser mujer como algo positivo, a la vez que advierte rasgos negativos en la virilidad.

Este cambio en la valoración de lo femenino y lo viril es posible porque Kate Millett, lejos de creer que las diferencias y el antagonismo entre los sexos se basan en imperativos de una naturaleza inamovible, distingue entre las características biológicas y los modelos de comportamiento que se atribuyen a uno y otro sexo, y considera tales modelos como construcciones históricas que asumimos en el proceso de aprendizaje.

«No sólo se carece de pruebas suficientes acerca del origen físico de las distinciones sociales que establece actual mente el patriarcado (estatus, papel y temperamento), sino que resulta casi imposible valorar las desigualdades existentes, por hallarse saturadas de factores culturales. Sean cuales fueren las diferencias sexuales 'reales", no las conoceremos hasta que ambos sexos sean tratados con paridad, lo cual constituye un objetivo un tanto lejano. Un interesante estudio recientemente realizado no sólo descarta casi por completo la posibilidad de atribuir las diferencias tempera mentales a variables innatas, sino que pone incluso en duda la validez y constancia de la identidad psicosexual, aportan do pruebas positivas del carácter cultural del género, definido como la estructura de la personalidad conforme a la categoría sexual.»

En este punto se basa en la obra que Robert J. Stoller había publicado en 1968, Sex and Gender que inaugura la corriente de estudios sobre el género que ha causado un impacto decisivo en los medios académicos. Y concluye que «aun considerando la tendencia sexual de los seres humanos como un impulso, es preciso señalar que esta importantísima faceta de nuestras vidas que llamamos "conducta sexual" es el fruto de un aprendizaje que comienza con la temprana "socialización" del individuo y queda re forzado por las experiencias del adulto». Bajo la égida de las normas patriarcales, «cada persona se limita a alcanzar poco más, o incluso menos, de la mitad de su potencialidad humana».

La obra de Jean Genet y su visión del mundo homoerótica, le sirve de contraste para resaltar los prejuicios viriles que exaltan Miller, Mailer y Lawrence, o que subyacen en Engels y Freud, y adentrarse en una nueva valoración de lo femenino y la virilidad, así como de los conflictos que se dan entre ambos en las relaciones que se ajustan a la pauta predominante heterosexual.

Esta defensa teórica de la homosexualidad, y el hecho de que poco después de que se publicara Sexual Politics, Kate Millett declarara que ésta era también su opción personal, le valió abundantes críticas y el rechazo por parte de su familia, que la hizo ingresar en un sanatorio psiquiátrico, experiencia que relató en la obra que publicó en 1974, Flying, que dedicó a su madre.

Un año después, con motivo del Año Internacional de la Mujer, se tradujo Sexual Politics al castellano, en México, y sus planteamientos fueron difundiéndose entre los círculos feministas cada vez más activos en numerosos países.

Por aquel entonces, en España, el movimiento feminista empezaba a salir a la luz pública, al igual que otras organizaciones sindicales y políticas que la dictadura había relega do a la clandestinidad. Seguramente, esta situación política había favorecido la pervivencia de planteamientos políticos de izquierda que en otros países ya se habían cuestionado desde finales de los sesenta. El hecho es que la obra de Millett provocó cierto escándalo en los ambientes progresistas. Por una parte, porque, al focalizar la atención sobre la división social en sexos, la revolución sexual y la relación entre lo personal y lo político cuestionaba algunos postulados y prácticas consolidados en tales ambientes. Además, porque, en una sociedad puritana como la que aquí imperaba, su crítica chocaba con la mentalidad de los ambientes progresistas, entre los cuales la pornografía y la literatura de los escritores que ella revisaba eran considerados válvulas de escape liberadoras. Pero sobre todo, porque al propugnar una sexualidad que no se reducía al coito vaginal, sino que reivindicaba la potencialidad erótica del clítoris, permitía pensar que los hombres ya no eran imprescindibles para el disfrute de las mujeres.

No obstante, a medida que el movimiento feminista fue adquiriendo bagaje y la democracia se fue consolidando, los análisis de Kate Millett dejaron de sorprender y se asumieron con más o menos fidelidad. Probablemente colaboraron a que algunas militantes de la izquierda decidieran abandonar las organizaciones en las que militaban para integrarse en colectivos de mujeres preocupados por la autoconciencia, algunos de los cuales también enarbolaban la bandera de la homosexualidad.

Pero, además, en la medida en que la izquierda empezó a revisar y a abandonar su tradicional análisis de clase, la obra de Kate Millett sirvió también para que mujeres que habían propugnado lo que entonces se llamaba feminismo lucha de clases, justificaran su opción de reducir su atención al problema de la mujer, y olvidaran las restantes divisiones sociales, de una forma más simplista de lo que la feminista americana había hecho.

Ciertamente, el análisis del patriarcado que Kate Millett realizó en su Política sexual puede considerarse una gran aportación teórica a la nueva orientación que el movimiento feminista desarrolló a partir de los años setenta. Pero si bien es cierto que esta obra enriqueció el debate y abrió posibilidades de enriquecerlo, también hay que reconocer que sirvió para empobrecerlo, en la medida en que fue utilizado por mujeres cuya preocupación prioritaria fue, en la práctica, engrosar las secciones feministas de los partidos políticos o los guetos de los estudios de la mujer en el mundo universitario.

Esta es, al menos, la conclusión que me ha sugerido la relectura de esta obra que fue tan influyente para la política y el feminismo, en aquella encrucijada que fueron los últimos años setenta.

En aquel momento, lo que más me interesó de ella no fue los argumentos que entretejía. Al contrario, al ayudarme a clarificar mis discrepancias, me incitó a rastrear nuevos caminos que sugería. Y fue así como, gracias a ella, me aventuré por derroteros por los que quizás nunca hubiera osado introducirme.

Obligado es que reconozca mi deuda con Kate Millett en la reducción de esa inseguridad femenina que nos invade en la medida en que nos adentramos en un sistema escolar construido históricamente para ensalzar el predominio viril a base de menospreciar a las mujeres, por tanto, en una actitud irreverente hacia los padres del saber académico y unas ciencias sociales que «colaboran en la restitución y el mantenimiento del statu quo reaccionario». Probablemente, los primeros y decisivos pasos en la crítica al orden androcéntrico de la racionalidad ilustrada se los debo a sus reflexiones sobre las «falacias viriles».

Pero también, gracias a que en ella advertí los límites de un análisis que se centra en una sola de las divisiones socia les, en este caso el sexo, me empeñé en ahondar en la articulación que se da entre todas ellas, y en su relación con un repertorio de modelos de comportamiento que asumimos en el proceso de aprendizaje, según seamos mujeres y hombres de distintas condiciones sociales. Y este marco teórico me ayudó a clarificar que los papeles que hemos desempeñado las mujeres a lo largo del tiempo y en el presente no son homogéneos, sino que entre ellos también se dan complicidades, así como antagonismos.

Quizás hacía falta acumular la experiencia de varios años para poder pasar de la primera aspiración feminista a poder hacer lo que hasta entonces sólo se permitía a los hombres, a la convicción de que acaso no hay por qué reproducir su forma de comportamiento, y de la mística de la inocencia y solidaridad femenina, a una valoración más acorde con la realidad, en la que las mujeres también tenemos responsabilidad en las tensiones y conflictos sociales.

Por estos derroteros ha transcurrido también Kate Millett en los últimos años, en los que ha revisado y matizado planteamientos que hiciera en Política sexual. Así, en Sita, publicado en 1977, analizó los mecanismos destructivos que también pueden darse en una relación homosexual, en contra de la idealización que circulaba en los ambientes gay y lesbiano. Y en The Basement (1980), a partir de la historia de una joven que había sido atacada y finalmente asesinada por una banda de adolescentes dirigida por una mujer más mayor, profundizó en el problema de por qué las mujeres pueden ser capaces de estos comportamientos destructivos que, en Política sexual, atribuía sólo a los hombres.

También hay que agradecerle a Kate Millett su insistencia, a lo largo de su vida y de sus obras, en la dimensión política de lo personal y de las contradicciones que provoca la adecuación a los patrones del comportamiento públicamente aceptados como normales, contradicciones que ha vivido con la intensidad que impregna la obra que publicó en 1990, The Loony-Bin Trip, en la que examina el papel de las drogas para soportar tantas tensiones.

El esfuerzo de Kate Millett por clarificar la problemática que nos afecta, y su inconformismo con los planteamientos que defendió en su primera obra, nos incita a adentrarnos por las páginas de su Política sexual agradeciéndole el esfuerzo que nos ha ahorrado, a la vez que participando con ella en esa actitud crítica hacia sí misma y el mundo que le rodea, que ha mantenido con el paso del tiempo.

AMPARO MORENO SARDÁ
Catedrática del Departamento de Periodismo,
Universidad Autónoma de Barcelona